De lo misterioso cotidiano: Entreabriendo
la puerta de Ana de Gómez Mayorga y la historiografía literaria mexicana
Juan Carlos Ramírez-Pimienta
En 1946 un
libro diferente aparece en el panorama literario mexicano. En un medio donde la literatura fantástica
era vista con desconfianza, no sería exagerado decir que quizá a excepción de La
noche de Francisco Tario (publicado en 1943), no había aparecido una
colección de cuentos tan distinta a lo que entonces se escribía en el
país. La obra en cuestión es Entreabriendo
la puerta de Ana de Gómez Mayorga, escritora que para esas fechas ya había
dado a la luz pública varios libros en diversos géneros.
Si bien todo parece indicar que el
libro tuvo una fría recepción en México, no sucedió así en otras partes del
continente, especialmente en el Cono Sur donde la escritora mexicana gozaba de
bastante más popularidad. Resulta extraño - por decir lo menos - que su figura no forme parte del canon
literario mexicano siendo que disfrutó en vida de fama continental llegando
incluso a ser comparada con Gabriela Mistral
(Obrego 38). Más extraño e
injusto es aún el hecho de que Entreabriendo la puerta , colección con
la que se llegó a decir el nombre de
Ana de Gómez Mayorga quedaría eternizado (Villaronga 157), casi haya
desaparecido del corpus de la literatura mexicana. Pareciera, en buena medida, como si esta colección nunca hubiera
sido publicada.
En este ensayo analizaré los motivos
detrás del olvido y la ausencia de la historiografía literaria mexicana de esta
obra y su autora. Argüiré que Entreabriendo la puerta era una obra que no encajaba dentro de las
políticas culturales del estado mexicano de la posrevolución al presentar una
visión de la realidad, dentro de una estética fantástica, que inherentemente
iba en contra del realismo social oficialista.
Aunque la mayor parte de la
producción literaria de Ana de Gómez
Mayorga no es de índole fantástica, Entreabriendo la puerta es una obra
que encaja perfectamente dentro del género.
Para entender cabalmente este caso de ninguneo literario se debe
examinar el clima en que el libro fue publicado. Para lograr esto primero voy a referirme a una reseña que Xavier
Villaurrutia hiciera de Ficciones
de Jorge Luis Borges en 1946 en
el número 26 de la revista El hijo pródigo. Esta reseña es importante
pues permite medir no solamente el clima hostil que enfrentaba la literatura
fantástica en México sino “la sed” que de ésta existía en algunos sectores del
medio intelectual mexicano. Luego,
haremos un recorrido para ver algunos de los mecanismos y circunstancias que
llevaron a la imposición de una estética realista en el México
posrevolucionario.
Villaurrutia comienza su nota
resaltando lo “diferente” de la literatura del argentino diciendo que los
textos de Ficciones “tienen el
dominador común - nada común - de ser obras de ficción” (119). A continuación el poeta marca la clara
distinción entre Ficciones y la tradición realista. Es categórico: “No hay pues, lugar a duda ni
a equívocos. Se trata de un libro en
que la realidad real, fotográfica, ha sido apartada voluntaria,
consistentemente, para dar lugar a lo que pudiéramos llamar la realidad
inventada” (119). Y anticipa el rechazo a estos textos de Borges por parte de
aquellos críticos literarios mexicanos que “movidos por un monótono y rutinario
empeño de convertir la literatura en una pobre copia de la realidad
circundante, habrán de desecharlos por lo que ellos llaman falta de humanidad”
(119).
Finalmente, hace un breve análisis
de la situación literaria del país al afirmar que leer las obras de Borges y
Adolfo Bioy Casares lo lleva:
a pensar que mientras otras literaturas
hispanoamericanas sin descontar la nuestra, fatigan sus pasos en el desierto de
un realismo y de un naturalismo áridos,
secos, monótonos e interminables, la literatura argentina presenta ante
nuestros ojos, no un espejismo sino un verdadero oasis para nuestra sed de
literatura de invención. En estos
libros de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, como en otros libros
argentinos actuales, la literatura de ficción recobra sus derechos que al menos
aquí, en México, se le niegan. Porque lo cierto es que entre nosotros, al autor
que no aborda temas realistas y que no se ocupa de la realidad nuestra de cada
día, se le acusa de deshumanizado, de purista, y aún de cosas peores. (119)
Con lo anterior en mente, no resulta extraño que Ana de Gómez Mayorga haya recibido más
reconocimiento precisamente en la Argentina.
Su colección de cuentos presenta un
tipo de fantasía cosmopolita que arremete, quizá sin darse cuenta, contra el proyecto realista del estado
posrevolucionario mexicano. Mientras
este proyecto estimula obras que presentan una “realidad nacional”, Ana de Gómez Mayorga nos muestra la
fragilidad de la realidad misma y por ende, de la realidad mexicana.
A través de buena parte de este
siglo diversos críticos tanto nacionales como extranjeros han reparado en la
naturaleza predominantemente realista de la literatura mexicana. En general, las historias de la literatura
mexicana enfatizan cuán marginal es la producción fantástica. En estos estudios muchas veces ni siquiera
se le menciona y cuando se hace es para dedicarle un par de páginas a lo más y,
de nuevo, siempre remarcando que lo que
caracteriza a la narrativa mexicana es el realismo. Veamos rápidamente algunos ejemplos: en 1949 José Luis Martínez
escribe que el realismo es una de las características más acentuadas de la
narrativa mexicana. (246) Un par de años después, en 1951, el profesor de la
Universidad de California en Los Angeles, Manuel Pedro González , corrobora lo
anterior al afirmar que en México son contados los que frecuentan la novela
fantástica. (410) Por otra parte, a mediados de los años cincuenta Luis Leal,
al hablar del relato fantástico, dice que es “raro en la literatura mexicana -
literatura por esencia realista -” ,y
agrega que es cultivado por un “reducido grupo de escritores.” (120)
Las raíces del mencionado desprecio
hacia lo fantástico tienen un origen en una agresiva campaña cultural que se da
principalmente desde los primeros años
de la posrevolución y cuyos efectos todavía se pueden apreciar al
finalizar el siglo XX. De hecho, la
postura oficialista antifantástica no es sino una manifestación lógica de una
posición pro-realismo en las artes. La
estética que el estado posrevolucionario juzgó conveniente para crear y
fortalecer el proyecto nacionalista fue la realista que pretendía reflejar una
realidad común para todos los mexicanos y que, al hacer esto, la creaba. En realidad vemos dos estrategias básicas
para apoyar este proyecto: uno; federalizar la educación para poder incorporar
así la mayor cantidad posible de ciudadanos al proyecto nacional y dos;
implementar una estética realista en las artes en la cual los mexicanos se
viesen reflejados a la vez que construidos.
La educación federal en buena medida
hace posible la lectura cultural que conviene al estado, ya sea en obras
literarias, pictóricas o de otra índole artística. Es decir, las diversas campañas de alfabetización a la vez que
logran un beneficio innegable para los recipientes, los convierten en mejores
receptores del mensaje nacionalista estatal.
Algunas de las asignaturas que más van a servir para incitar el
patriotismo son, civismo, lengua nacional (como se le denominará hasta
principios de los años setenta por evitar decir español) y una Historia con
mayúsculas que se presentará como versión real del pasado, de península a
península; de la Baja California hasta Yucatán, con los mismos héroes y el
mismo mito fundacional de la nación en la civilización azteca.
Pero ahora cabe preguntar, ¿cómo
puede resultar amenazante el género fantástico para un proyecto como el
delineado más arriba? La literatura
fantástica puede ser un elemento desestabilizador de este modelo de homogeneización. Silvia Molloy lo sintetiza admirablemente:
Lo fantástico, género mal llamado de evasión,
permite volver sobre la historia una mirada inquisidora. Es una manera de expresar nuestra inquietud
hacia el pasado, una vía alternativa para contar la historia. [...] Permite, por la ambigüedad misma que
plantea, inquietar las certidumbres de un saber heredado. Permite además - por la iluminación
desasogante que es su característica - arrojar sobre el pasado uno de esos
<<fulgores íntimos>> que, para Walter Benjamin, signan la tarea del
verdadero historiador. Permite por fin,
con vuelta de tuerca perversa, desestabilizar no sólo la historia sino la
figura misma del historiador que la narra. (107)
Y no hay que
olvidar que en el caso de México ese historiador que lo fantástico podría
“desestabilizar” es nada menos que el propio estado mexicano.
La otra estrategia mencionada para
lograr la homogeneización es precisamente apoyar e implementar una estética
realista en las artes. El estado
mexicano favoreció la narrativa realista y social dejando al margen - entre
otras - la producción de lo fantástico.
Empero, ¿de qué mecanismos se valió para lograr la formación de un canon
eminentemente realista? Por supuesto
que no hay duda de los méritos de muchas de estas obras pero, por otra parte,
es obvio que muchos textos fantásticos no recibieron la atención que merecían y
que esto fue así por cuestiones ideológicas.
Veamos ahora algunas de las acciones
tangibles y específicas que ayudaron a la formación de un canon realista. Unos días después de tomar posesión de la
cartera de la Secretaría de Educación Pública en diciembre de 1924 en un discurso en el que presenta el
programa educativo del recién electo presidente Calles, el nuevo ministro José
Manuel Puig Casauranc promete publicar y ayudar cualquier obra literaria mexicana en la que se viese la
“realidad mexicana”. En este discurso Puig Casauranc define la
política editorial de la Secretaria de Educación y por ende, del estado
mexicano. Desde el inicio de su texto
pone en claro que su gobierno se propone “editar y divulgar y hacer llegar
hasta el último rincón del suelo mexicano, toda obra didáctica que tienda a
formar el corazón del pueblo, y a fortalecer en los espíritus los conceptos de
Deber, de Honor y de Patria.”[1]
(1)
No nos dejemos engañar por el último
sitio en que el secretario pone el concepto patria. En este esquema cultural los dos anteriores - deber y honor -
solamente pueden tener sentido ontológico con relación a la patria, y no a una
patria cualquiera sino a una representada por los grupos triunfadores de la
revolución. En cuanto a las direcciones
editoriales de la dependencia estatal el funcionario también es contundente. No sólo enumera las características que
deben tener los libros a ser editados sino que subraya que la literatura en
México debe seguir un rumbo diferente a raíz de la revolución ya que, según
arguye: “El concepto de lo que debe de ser una obra literaria se ha modificado
de tal modo, con las nuevas tendencias sociales de los tiempos, que quizá
habría necesidad de romper o prohibir en las escuelas los viejos tratados que,
no hace aún tres lustros, parecían encarnar los moldes y las tendencias
universales literarias.” (1) Es decir,
había que alejarse del cosmopolitismo.
Esta “quema de libros” a la que se
refiere el ministro no hace sino enfatizar la escasa tolerancia de los
gobiernos posrevolucionarios para las producciones culturales discordantes con
su visión de la realidad social mexicana pues el estado - en boca de su vocero
cultural - está convencido de que “no sólo ha de buscarse en las obras
literarias producir belleza o despertar una emoción estética de noble
sublimidad individual, sino encauzar el pensamiento [...]” (1)
Más allá de toda retórica, lo que
queda en esencia del discurso del secretario Puig Casauranc con relación al
tema que tratamos es que el estado mexicano no apoyaría y hasta sería hostil a
la publicación de obras fantásticas,
que sólo editarán y divulgarán textos dentro de una estética literaria
realista. ¿De qué otra manera se puede
explicar la siguiente afirmación del ministro?: “La Secretaría de Educación
editará y ayudará a la divulgación de toda obra literaria mexicana en que la
decoración amanerada de una falsa comprensión de la vida esté sustituida por la
otra decoración, hosca y severa y a veces sombría, pero siempre cierta de
nuestra vida misma.” (1)
Esta no es, sin embargo, la única
manera en que el estado mexicano estableció una política cultural que favorecía
la diseminación de una ideología conveniente para éste. Si bien el ejemplo de Puig Casauranc es una
muestra del encauzamiento de las políticas editoriales del gobierno éste tenía
a su disposición otros medios para lograr influir el mercado editorial. Una manera “menos directa” en que el
gobierno dejó sentir su influencia fue a través de editoriales
supuestamente “no oficiales” pero que
en realidad fueron alimentadas con fondos del estado. Si bien es difícil documentar los nexos del estado mexicano con
editoriales privadas una maniobra de
este tipo se puede apreciar en el número correspondiente al primero de febrero
de 1937 de la revista Letras de México.
En la página cuatro se anuncia el nacimiento de una editorial que se
abocará a publicar obras de autores realistas de la revolución. El texto, dice así:
En el Congreso Nacional de Escritores que
acaba de celebrarse en esta capital, se acordó fundar una editorial que se
denominará “México Nuevo”[...] con un capital inicial de $ 25,000.00 Su objeto es el de editar y publicar [...]
autores revolucionarios que tiendan a propagar la ideología de las izquierdas
nacionales. (4)
Esta ideología, vale la pena
recordar, en estos años resulta conveniente al proyecto nacionalista del estado
mexicano. Como ha afirmado Jean Franco: “Al principio, la sociedad
posrevolucionaria se vio galvanizada por el nacionalismo populista, cuya
retórica tendía a oscurecer la verdadera naturaleza del estado mexicano como
instrumento de modernización capitalista.” (20)
Volviendo
a la editorial México Nuevo, basándonos solamente en esta primera nota es
imposible detectar la mano del gobierno en la maniobra. Empero, en el mismo número de la revista,
unas páginas más adelante, otra noticia nos ayuda a completar el rompecabezas. Esta nota lleva como título “Tres
editoriales más” y comenta la creación de tres editoriales: Polis, México Nuevo
y Dialéctica. De las dos primeras el
texto dice explícitamente que cuentan con “Fuertes capitales”. Para la editorial México Nuevo se refiere a
los veinticinco mil pesos mencionados en la anterior nota aclarando el origen
de la fuerte cantidad: un obsequio del secretario particular del presidente de
la república. Aun más, nos indica que
la “ayuda semioficial” - como la califica - va más allá pues incluye el uso de
las prensas del estado.
Si bien se nos dice que el
secretario particular del presidente donó la fuerte cantidad es lógico pensar
que el dinero venía directamente del presidente ya que - como es bien sabido
-una de las funciones de un secretario del ejecutivo es servir como mensajero
en casos como éste, en que hay dinero de por medio.[2]
Efectivamente, el estado mexicano
favoreció la narrativa realista y social dejando al margen - entre otras
producciones - la de lo fantástico. Se
consideró importante en este ensayo ir más allá de una simple teoría
conspiracionista y hacer evidentes, dejar al descubierto algunos de los
mecanismos empleados por el Estado para silenciar algunas producciones
culturales. Estoy consciente de la
dificultad de comprobar y documentar ciertas prácticas de la política cultural
oficial como pueden ser directrices, lineamientos, recomendaciones u órdenes de
publicación dadas a las editoriales relacionadas con el gobierno, ya sea bajo
control directo o con algún otro tipo de influencia. Sin embargo, la investigación en textos primarios de la época
pone en evidencia y documenta políticas editoriales, fuertes inversiones
semioficiales en editoriales supuestamente “independientes” así como
directrices impuestas a concursos literarios oficialistas que claramente
muestran un esfuerzo por implementar un canon realista como vehículo para
diseminar el ideal de nacionalismo.
Empero, y volviendo a nuestra
autora, el alcance de la influencia de las políticas culturales en las letras
mexicanas va más allá de la formación de un canon. Desgraciadamente es imposible medir el efecto de estas políticas
pero resulta al menos lógico pensar que con todos los alicientes a la creación
realista el corpus literario mismo se haya visto afectado. Es decir, nunca sabremos cuántos escritores
truncaron sus proyectos no realistas ante la fría recepción oficial para este
tipo de producciones. Obviamente lo
anterior ha ocurrido y ocurre siempre por diversas razones (i.e. la fuerza del
mercado, gustos editoriales, etc.) Sin
embargo, hay pocos casos como el del México posrevolucionario donde se haya
implementado un esfuerzo continuo desde los más altos círculos oficiales.
Es como resultado de ese esfuerzo
que libros como el de Ana de Gómez de Mayorga han desaparecido del corpus
literario. Empero, ¿quién fue Ana de Gómez Mayorga? La escritora nació en la ciudad de México el
dos de enero de 1878. Allí mismo cursó
sus estudios primarios y se graduó maestra de instrucción primaria en la
escuela normal para profesoras de México.
Después de años de ejercer la docencia en diversos planteles regresó a
su alma mater como catedrática de lengua española. Eventualmente fue comisionada por el gobierno mexicano como
representante de la Secretaría de Educación Pública para ir a Boston,
Massachusetts, a estudiar el sistema educativo y bibliotecario de la ciudad
estadounidense. Como educadora no sólo
se desempeñó en comisiones especiales o en el ejercicio de la docencia sino que
también publicó varios libros de texto y artículos en revistas especializadas
en pedagogía.
Entreabriendo la puerta
consta de treinta cuentos de los cuales veintidós caben dentro del genero
fantástico.[3] Solamente he tenido
acceso a un par de reseñas de la colección.
Ambas aparecen reproducidas en Homenaje a la escritora mexicana D.
Ana de Gómez Mayorga publicado en
Argentina en 1951. La primera
nota lleva por título “El arte literario de Ana de Gómez Mayorga” y está
firmada por Lázaro Suvillaga.[4] En el breve comentario Suvillaga alude a los
cuentos de Entreabriendo la puerta
remarcando lo diferentes que son con relación a cuanto se publicaba en
México por esos años. Al no poder
encontrarles antecedentes en el país, el crítico los relaciona con la vena
fantástica sudamericana:
De encontrarles un tronco a que ensamblarlos,
sería ése del que parten los relatos, a la vez científicos, alucinantes y
sonámbulos, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cásares y María Luisa Bonval.
[sic] Como ellos Ana tiene la pasión de lo extraordinario, de lo que mira hacia
el más allá, de lo que coloca el estado de alma romántico, no como dato previo,
sino como depósito final dejado por experiencia. (139)
La otra única pieza crítica que
tengo noticia se ocupó de Entreabriendo la puerta es una reseña
publicada originalmente en Honduras por Luis Villaronga y también reproducida
en el homenaje. En esta reseña el
crítico pondera el arte de Ana de Gómez Mayorga confesando que leyó la
colección “de un tirón” (156). Luego,
se refiere al carácter fantástico de los relatos:
Explaya Ana de Gómez Mayorga en páginas
hermosísimas, llenas de color y animación, diversos fenómenos que estudia esa
ciencia del espíritu todavía en germen: la Metapsíquica. Manifestaciones del psiquismo humano hay en
estas páginas que dejan a un [sic], perplejo, ansioso de seguir ahondando en el
caso, ahondando en ese psiquismo que es por sí mismo un abismo lleno de
sorpresas. (157)
La frase con que termina Villaronga su reseña
no deja duda de la impronta que la lectura de la colección le produjo: “Por este libro [...] el nombre de Ana de
Gómez Mayorga, quedará eternizado.” (157).
Ahora bien, ¿cómo reconciliar una
afirmación como la anterior con la historiografía literaria mexicana? El nombre de Ana de Gómez Mayorga no
solamente no quedó eternizado sino que ni siquiera aparece en las historias de
la literatura mexicana.[5] Veamos a continuación cómo se expresan, en
el marco del homenaje argentino a la autora, diversos intelectuales y artistas
latinoamericanos de la labor y la figura de la escritora mexicana: El profesor Francisco A. Propato se refiere
a los libros Gómez Mayorga como “conocidos en toda América y apreciados en alto
grado por su valía intrínseca” (35).[6] Francisco Obrego Restrepo llega incluso a
comparar su figura con la de Gabriela Mistral diciendo: “Dos grandes mujeres de
América [...] Gabriela Mistral, de Chile y Ana de Gómez Mayorga, de México:
Gabriela y Ana de América” (38).
Por su parte, el brasileño Alcyone
Moraes Vellozo la llama una de las más destacadas figuras femeninas de
América.. (45). Por último,
Margarita Latorre también da testimonio
de su admiración por la escritora mexicana: “Todo comentario, toda palabra de
elogio para referirnos a una obra, a una obra de jerarquía como la de la
talentosa escritora y poetisa mexicana Ana de Gómez Mayorga, en verdad no
tienen la fuerza expresiva capaz de aquilatar el valor intrínseco que ella
merece[...]” (62). Resulta irónico,
insisto, después de leer los
comentarios anteriores que ni Entreabriendo
la puerta ni su autora aparezcan siquiera en la Bibliografía del cuento
mexicano del siglo XX publicada por Emanuel Carballo en 1988 apoyada en
otras bibliografías anteriores.
Si
bien son varias las maneras en que lo fantástico recurre en Entreabriendo la
puerta todas las manifestaciones apuntan hacia una premisa básica: la
imposibilidad de conocer el mundo (o los mundos) que habitan los
personajes. En muchos de los textos lo
fantástico se materializa en una apertura hacia una realidad ajena. Por lo regular este atisbo, ese entreabrir
el portal a otros mundos, se manifiesta en la colección de dos maneras para el
protagonista: o bien encuentra una puerta hacia otra dimensión y se interna en
ésta de forma voluntaria o bien se encuentra de pronto atrapado, en contra de
su voluntad, en este mundo alterno.
Por otra parte, esta puerta que se “entreabre” al otro
mundo se puede presentar de diversas maneras.
En Entreabriendo la puerta encontramos dos relatos en donde el motivo del
espejo sirve como puente entre nuestra realidad y una extraña. “La fuga” trata
de un matrimonio que sale de paseo por el centro de su ciudad. En un momento dado la mujer le pide al
esposo le sostenga la bolsa para atarse uno de sus zapatos. El hombre se distrae viendo un aparador y
cuando voltea buscando a su mujer se percata de que ha desaparecido.
Después de buscarla inútilmente
regresa a su casa. Al llegar a su
residencia la encuentra vacía. Empero,
en los espejos de la casa, en lugar de ver su imagen reflejada encuentra la de
su mujer: “Salí tambaleante de la estancia y me di a recorrer desatentado la
casa entera. En todos los espejos que
había en ella hundí los ojos y en ninguno me vi reflejado. No era yo, era ella la que aparecía en la
misma posición: ligeramente vuelta de espaldas, con el traje gris, el gracioso
sombrerillo azul, los dorados rizos inolvidables que la hacían única en el
mundo para mí” (34). La
trama de “El espejo” es semejante: mientras trabaja en su oficina un esposo
recibe una llamada de su mujer en la que ésta le dice que no podrá verlo como
quedaron porque fue a otro sitio y desde allí le habla. Curioso, el marido regresa a su casa y
encuentra una nota con la palabra espejo escrita en él. Va al espejo más cercano y se ve reflejado
por un momento pero luego su figura va desapareciendo y la de su mujer emerge
en lugar de la suya para luego desaparecer también: “Era atroz esa visión que
se empequeñecía visiblemente ante mí en vaporosa perspectiva. Pronto no fue sino un punto luminoso y,
luego, este mismo punto desapareció” (84).
El
paso al otro mundo se presenta más de una vez en el cuentario en la figura de
una puerta misma. Tres
son, para ser exactos, los relatos que
utilizan la metáfora de una puerta al más allá. El primero lleva por título simple y llanamente “La puerta”. Este cuento narra la historia de un hombre que desde adolescente
ha soñado una puerta en una calle desconocida.
Muchos años después encuentra el lugar y entra a un mundo diferente: “Me
volví sobre mí mismo para considerar la puerta por la cual acababa de pasar
pero no había puerta ninguna ni lugar parecido por el que yo hubiera podido
tener acceso a la extraña ciudad. Todo
estaba atrás como delante de mí; altas construcciones; calles delineadas
limpias, nuevas, desiertas, terribles (313).
Por
su parte, “La casa” también observa el motivo de la apertura de otra
dimensión. Sin embargo, a diferencia de
otros cuentos de la colección, aquí la protagonista logra escapar después de
enfrentar la perspectiva de quedar para siempre atrapada en el mundo alterno.[7] La protagonista de “La casa” narra, cómo,
después de contarle a una amiga de su infructuosa búsqueda de una vivienda
tranquila y céntrica donde poder escribir, un hombre, ya ida la amiga, se
acerca y le dice que conoce una casa con las características que ella busca.
Esa
misma noche, a las ocho en punto, la mujer se presenta en el lugar. Al tocar la puerta una anciana con
apariencia de bruja le abre (21). La
anciana introduce a la protagonista en la casa cuya atmósfera reconoce como
extraña: “noté con estupor una claridad que, sin duda, no era la del día,
puesto que afuera era de noche, ni parecía de alumbrado artificial”(21). Además de la luz el silencio total y
absoluto “casi pavoroso” (21) la hace sentirse en otro mundo: “era un silencio
que separaba a uno del mundo y lo aislaba de él” (21). Luego de cerrar la puerta con un pesado
cerrojo la anciana le muestra un anciano dormido en una silla de ruedas. Le dice que padece cáncer y que cuando sufre
los dolores le da por blasfemar y llenarla de injurias.
Cuando
la mujer se dispone a huir la anciana se lo impide diciéndole que ella será el
reemplazo que cuidará del anciano. Este
despierta gritando y cuando la vieja se acerca a él la protagonista aprovecha
para escapar. Al salir se da cuenta que
la calle se ve diferente, que la puerta por la que entró y salió ha
desaparecido pero que extrañamente el tiempo no ha pasado: “Consulté mi reloj
pensando en lo tarde que debía ser después de tales andanzas. Un sudor frío mojó mi frente al ver la hora:
eran las ocho en punto” (24). Por
último, se aleja de la calle con la convicción de haber estado en un mundo
donde las leyes físicas convencionales no rigen: “Y sin embargo, pensé ellos
están ahí. Viven en esa casa hace cien
o mil años, no importa la cifra. El
tiempo, los sitios, los seres, las cosas, les son ajenos: no cuentan para nada
en el mundo en que desarrollan interminablemente su tragedia” (25).
En
“Una Taza de te”, como en el relato anterior, se muestra una apertura hacia
otro mundo y un personaje que apenas logra escapar. El cuento utiliza el efecto de la flor de Coleridge en el que un
objeto de la otra realidad permanece como nuestra de que no fue un sueño, que
realmente sucedió algo sobrenatural. En
esta historia el protagonista se encuentra abonado en una casa de huéspedes
cuya dueña ha sido siempre muy amable.
Una noche el inquilino, sintiéndose indispuesto, decide bajar a la
cocina por un remedio. Allí, sorprende
a la señora conversando con un “enigmático huésped” de quien se decía en la
casa “que tenía terribles poderes” (96).
Inseguro, le explica a la señora que se siente enfermo y ésta, de común
amable, visiblemente molesta por la interrupción, le grita que una sirvienta le
subirá una taza de te al cuarto. El,
que se dispone a salir, voltea y súbitamente se ve en otra dimensión: “Un
lóbrego y desierto lugar en donde no había nada que diera señales de vida”
(98). Logra escapar por la puerta y
sube a su cuarto pensando que sueña o delira.
Al amanecer, sin embargo, encuentra en su mesa una taza de te como prueba
de lo que sucedió.
Finalmente,
en la colección el otro mundo también se presenta en la metáfora de un viaje
que conduce al más allá. En “El viaje” el conducto se
presenta en la metáfora misma de una travesía en tren. El título alude a un viaje normal que se
transforma en fantástico. En la
historia, una mujer y un hombre viajan en un ferrocarril cuando,
repentinamente, la normalidad acaba y la pareja se percata que el tren y el
camino no es ya el que de continuo tomaban: “Nos dimos cuenta entonces, de que
el tren corría con una velocidad fantástica a lo largo del interminable túnel
que no tenía nada de común con el camino que nos fuera familiar” (14).
Luego,
la protagonista y su amigo caen en un profundo sueño y cuando despiertan se
encuentran en un lugar extraño vestidos de andrajos: “estábamos cubiertos de
harapos como dos miserables mendigos, yacíamos en el quicio de una puerta
cerrada y el frío del amanecer, junto con lo duro del suelo, agarrotaba
dolorosamente nuestros miembros” (14).
Se hallaban, además, rodeados de gente desconocidas, con raras
vestimentas e insólitas facciones que hablaban una extraña lengua. Al final, el último consuelo para ambos, el
de la mutua compañía, desaparece en desenlace alucinante:
Volví la cara, presa de mortal espanto,
para buscar los ojos de mi amigo pidiéndole amparo. ¡A él, que lo necesitaba tanto como yo! Para preguntarle qué debíamos hacer, para certificar que no éramos víctimas
de una atroz pesadilla. Pero mis ojos
lo buscaron vanamente: había desaparecido;
lo había tragado aquella muchedumbre vociferante, abigarrada, enloquecedora. (15)
La mayoría de los cuentos de Entreabriendo
la puerta, confeccionados en la más clásica vena de la tradición
fantástica, se caracterizan por un marcado realismo inicial (rutinario casi)
que se ve súbitamente interrumpido por la aparición de lo sobrenatural que
rompe los esquemas epistemológicos de los protagonistas. En esta olvidada colección, Ana de Gómez
Mayorga no hace concesión alguna a las políticas culturales del estado
posrevolucionario. Sus textos
fantásticos no están rodeados ni de folklore ni de mexicanidad. La suya es una fantasía cosmopolita que mina
el proyecto realista nacionalista.
Mientras éste postula una “realidad Mexicana” Ana de Gómez Mayorga muestra,
a lo largo de todo Entreabriendo la puerta, la fragilidad de la realidad misma y por ende, de
la realidad mexicana.
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México, 1987.
Villaronga, Luis. “Entreabriendo la puerta.” En Homenaje a
la escritora mexicana D. Ana de Gómez Mayorga. Tolosa: Instituto de Cultura
Americana, 1951.
Villaurrutia,
Xavier. “Reseña de Ficciones.” El
hijo pródigo. 26 (1946): 119.
[2] El análisis de los concursos literarios
y sus bases también nos son de utilidad para comprender en mayor detalle la
formación del canon realista mexicano.
Estos concursos inhiben cualquier producción que sea ajena a una
estética realista. Veamos algunos
casos: en 1930, el periódico El
Nacional - propiedad del estado mexicano - organiza un concurso de novelas exclusivamente de la revolución. De
igual manera, al inicio de 1942 el gobierno del Distrito Federal lanzó una
convocatoria para el primer concurso de novela “José Joaquín Fernández de
Lizardi, El Pensador Mexicano.” No he tenido acceso a la convocatoria en sí
aunque cuento con una nota de la sección “Anuncios y presencias” de la revista Letras de México del 15 de marzo de 1942
en la que se dice que el objetivo del certamen es estimular a los escritores
que cultiven la novela y agrega entre comillas - por lo que es de
suponer que citan las bases del concurso - “especialmente la de costumbres”
(1) La nota finaliza informando que el
monto del premio es de dos mil pesos en efectivo.
[3] De acuerdo a
mi definición aquellos textos en la que la realidad - vista así por el
consenso de una comunidad - se ve fracturada por la intrusión de un fenómeno
que rompe las leyes naturales aceptadas por esa misma comunidad.
[4] En el libro
homenaje se especifica que apareció en la revista Mañana de México D.F.
aunque no se consigna la fecha de publicación.
[5] Hasta donde sé el único estudio formal
que ha comentado (aunque mínimamente) la obra, es el del profesor Ross Larson.
[6] Conviene aclarar
que la mayor parte de los libros de la autora no son de narrativa. Sin embargo, estoy convencido que la sola
publicación de Entreabriendo la puerta debería haber bastado para darle
un nombre dentro de la historia literaria mexicana.
[7] “La casa” recuerda mucho a “La cena” de
Alfonso Reyes. Ambos relatos tratan de
una visita a una casa desconocida donde suceden cosas extrañas y donde al final
acontece una suspensión del tiempo lineal.