Algunas notas sobre la frontera norte y
José Vasconcelos
Juan Carlos Ramírez-Pimienta
Si bien la idea ya estaba presente
en el nacionalismo novo hispano es a partir de la concepción de México como
país independiente que se comienza más seriamente a dilucidar sobre la
naturaleza del ser mexicano.[1] Efectivamente, la creación de un
Estado-nación requiere de varios elementos y de estos al menos dos resultan
indispensables. El primero es la
identidad -mexicana en este caso- y el segundo, mucho más tangible, un
territorio delimitante. En cuanto a la
identidad y/o esencia del mexicano se han producido múltiples ensayos, siendo
quizá El laberinto de la soledad de Octavio Paz y Perfil del hombre y
su cultura en México de Samuel
Ramos los más conocidos e influyentes.
Por su parte, el aspecto de la territorialidad va seguramente ligado al
primero: los mexicanos, es decir "una identidad común", dentro de los
confines de un espacio determinado “México”.
Mientras que por un lado la frontera
sur, una vez separados los países que ahora conforman Centroamérica, había sido
hasta hace pocos años considerada poco problemática,2
no sucede igual con la frontera México-Estados Unidos la cual tradicionalmente
ha acaparado la atención del país. Por
supuesto que hay importantes razones históricas que, en gran medida, justifican
esto. Así, de acuerdo a Martín Piña
Ortiz esta frontera es “una de las más cargadas de historia de sustancia
conflictiva. Es un símbolo de violencia
y desigualdad; es la representación del encumbramiento del norte y el
ineludible reverso de la postergación del sur.” (29-30)
Con lo anterior como trasfondo es
que hoy –al filo del siglo XX- el concepto frontera norte conlleva imágenes de
las cuales es casi imposible desasociarlo.
En este texto, y haciendo uso del
ensayo de Víctor Zuñiga "Imágenes de la frontera norte en la
política cultural," veremos cuales son, según Zuñiga, las tres principales
imágenes culturales de la frontera, qué significan y cómo se reflejan o
confirman en la obra autobiográfica3 de José Vasconcelos. Consideramos que de las tres imágenes
culturales la primera, la frontera como trinchera cultural, aglutina en buena
medida aspectos de las dos restantes imágenes - la frontera como desierto
cultural y la frontera como orilla- por lo cual le dedicaremos más espacio y
reflexión.
Nacido en Oaxaca en 1882, José Vasconcelos
conoce la frontera norte a temprana edad.
En su calidad de agente aduanal el padre se traslada, junto con su
familia, primero al Sásabe, Sonora y posteriormente a Piedras Negras,
Coahuila. Según narra Vasconcelos en Ulises
Criollo tenía tres o cuatro años cuando llegó a la frontera: "vivíamos
en el Sásabe, menos que una aldea, un puerto en el desierto de Sonora, en los
límites con Arizona. Estábamos en el
año 85, quizá 86, del pasado siglo." (7)
Llegó pues como niño a la frontera de la cual no partirá hasta ser casi
un adolescente pero a la que continúa retornando en momentos claves de su vida;
la muerte de su madre y las etapas de inestabilidad revolucionaria. Ya sea por cuestiones familiares o
políticas, Vasconcelos reflexiona constantemente sobre la vida de la frontera y
los fronterizos.
1.0
LA FRONTERA COMO TRINCHERA CULTURAL
De acuerdo al sociólogo Víctor
Zuñiga la frontera debe cumplir esta función "porque la sociedad
norteamericana es concebida culturalmente como una enemiga". De ella provienen, afirma, "penetrantes influencias”, “amenazas",
"influencias desnacionalizadoras" etc. Todo esto -dice Zuñiga- hace que hablemos de penetración
cultural. (17) Es fácil rastrear el
origen de la imagen de una frontera como trinchera. De hecho podría decirse que la gran mayoría de las guerras han
sido provocadas por el afán de extender límites. En el caso de México es lógico remitirse a la guerra de 1846 en
que la frontera mexicana fue desplazada cientos de kilómetros hacia el
sur. Así pues, la noción misma de
trinchera geográfica está históricamente justificada.
Todavía en el tiempo de la niñez
vasconceliana, en la frontera se temía una invasión norteamericana con la
consecuente pérdida de más territorio.
Para tratar de detenerlas, según
cuenta Vasconcelos, el "gobierno mexicano mandaba sus empleados,
sus agencias, al encuentro de las avanzadas, los outposts del yanqui."
(7) En efecto, en buena medida la
frontera se movía de acuerdo a la voluntad del gobierno norteamericano. Al respecto, de nuevo en las memorias, encontramos
un pasaje que, aunque largo, por ilustrativo es útil citar en su totalidad:
Fue un extraño amanecer. Desde nuestras camas, a través de la ventana
abierta, vimos
sobre una ondulación del terreno próximo un grupo extranjero de uniforme azul claro. Sobre la tienda que levantaron flotaba la
bandera de las barras y las estrellas. De sus pliegues fluía un propósito
hostil. Vagamente supe que los recién llegados pertenecían
a la comisión norteamericana de límites.
Habían decidido que nuestro campamento, con su noria, caían
bajo la jurisdicción yanqui, y
nos echaban: Tenemos que irnos -exclamaban los nuestros- y lo peor -añadían- es que no hay en las cercanías una
sola noria, será menester internarse hasta encontrar agua. Perdíamos las casas, los cercados. Era forzoso buscar dónde establecernos,
fundar un pueblo nuevo [...] Los hombres de uniforme azul no se acercaron
a hablarnos, reservados y distantes esperaban nuestra partida para apoderarse
de lo que les conviniese. El telégrafo
funcionó; pero de México ordenaron nuestra retirada; éramos los débiles y
resultaba inútil resistir. Los invasores no se apresuraban; en su
pequeño campamento fumaban, esperaban con
la serenidad del poderoso. (énfasis nuestro 10)
Al resultar
inútil enfrentar militarmente "al poderoso" es que el concepto de
trinchera se desliza de su connotación bélica a una noción de trinchera
cultural. Es decir, si no se puede
impedir una conquista militar hay que, al menos, oponer resistencia a una
invasión cultural.
Ahora, si bien la frontera es
concebida desde México como una trinchera cultural, esto también es válido para
el lado norteamericano. El
"bordo", división entre los dos países, sirve como trinchera y muro
de contención para que lo mexicano y los mexicanos no invadan los Estados
Unidos. El adjetivo
"cultural" que modifica frontera se hace más evidente del lado
mexicano por razones económicas y de poder.
Como ya apuntamos más arriba, es la imposibilidad de hacer una trinchera
real -muro de contención- lo que hace que México enfatice la oposición en
aspectos más subjetivos como "la penetración cultural" mientras que, por su parte, los Estados
Unidos puede -y lo hace- construir muros y trincheras reales para detener
mexicanos de carne y hueso.
Esta situación se va incrementando a
medida que la diferencia entre el progreso de ambos países aumenta:
Libres de la amenaza del militar,
los vecinos de Eagle Pass construían casas modernas y cómodas mientras nosotros
seguíamos viviendo a lo bárbaro. Los mismos mexicanos que lograban reunir
algún capital preferían invertirlo del lado norteamericano para ponerlo a salvo
de gobernistas del momento y Revolucionarios del futuro. (Vasconcelos, 24-25)
La fuga de capitales se daba ya de
manera incipiente, pero el fenómeno de la emigración indocumentada era aún
desconocido. La gente de Piedras Negras
no tenía necesidad de emigrar. Vasconcelos narra en sus memorias la
inauguración de un puente internacional, inauguración que, según él, aunque
despertó la curiosidad de los habitantes de ambas ciudades quienes "se
congregaron cada cual en su propio extremo de la ciudad" (25), no
consiguió incrementar el tránsito aunque "no eran tiempos de [...]
pasaportes." (25) Los guardias
solamente revisaban los equipajes "sin inquirir la identidad de los
transeúntes." (25)
Sobre la penetración cultural Vasconcelos
se muestra ambivalente. No deja de
reconocer que la vida norteamericana presenta algunas ventajas -en la educación sobre todo- y de hecho la
madre, profundamente nacionalista, está
de acuerdo en que el niño asista a la escuela del lado norteamericano. De su experiencia escolar en Arizona el
filósofo dice que lo "había ido ganando lentamente" y que "no la
hubiera cambiado por la mejor diversión". (31) De los maestros opinó que "eran justicieros" (31) y
ecuánimes. Sin embargo, la idea de la
contaminación por la cultura anglosajona persistía en la familia Vasconcelos
-en la madre sobre todo- y el joven estudiante se veía obligado a
"descontaminarse" cada tarde por medio de la oración:
Pero
mi madre temía esa especie de saturación de ambiente que crea cada doctrina, y
me acorazaba contra el peligro de lo protestante. Y reforzaba no sólo la teoría, también la práctica. Aparte de la misa en domingo y fiestas de
guardar, además de la confesión y comunión por cuaresma y otras solemnidades
y añadido a las oraciones de la mañana
y de la noche, cada tarde al oscurecer nos reunía, sin excepción de los
criados, para el rezo del rosario. (44-45)
Cuando llega la hora de abandonar
Piedras Negras y surge la posibilidad de estudiar en la universidad de Texas,
la madre aparece como obstáculo para la realización de este proyecto. El miedo a la aculturación impide que el
joven oaxaqueño asista a una universidad norteamericana. En esta etapa adolescente de Vasconcelos la
posible aculturación es manejada principalmente en términos religiosos:
"Mi madre tenía motivos hondos para desconfiar del progreso del norte: Los
yanquis eran protestantes, y el verme obligado a tratarlos extremaba su afán de
arraigar en mí la fe católica." (44)
1.1
ARIELES Y CALIBANES
Aunque la religión es importante no es lo único que la familia Vasconcelos
teme contagiarse. A lo largo de las
memorias está patente la idea de la sociedad norteamericana como poco civilizada: "no niego que nos han
traído ferrocarriles - diría el padre - pero eso no quita que sean unos
bárbaros." (44)
Indudablemente esta dicotomía:
México “espíritu” versus Estados Unidos “utilitarismo bárbaro” tiene, en el Ariel
de José Enrique Rodó, un importante antecedente. La forma en que Vasconcelos y su familia la manejan lo acerca
mucho al concepto del uruguayo. Todo esto dentro de una racionalización e
interiorización de un mito nacionalista.
Mientras que para los mexicanos - aquí en voz de los Vasconcelos-
corresponde a los estadounidenses el papel de “bárbaros”, para éstos es
precisamente lo opuesto. Por lo
anterior no resulta sorprendente que nuestro autor registre en sus memorias una
variante de bárbaro pero ahora aplicada a los mexicanos: "Y peor me
irritaba si al hablar de las costumbres de los mexicanos junto con la de los
esquimales, algún alumno decía; -Mexicans are a semi-civilized people.”
(32) Lo anterior evidencia un trabajo
ideológico en la frontera del lado norteamericano abocado también a definir la
nacionalidad pero en este caso angloamericana y en oposición al
"barbarismo mexicano." (514)
1.2 LOS FRONTERIZOS EN TRINCHERA:
¿HEROICIDAD O POCHISMO?
Junto con la idea de la frontera
como trinchera viene implícita la noción de los fronterizos como soldados. Dependiendo del optimismo con que se vea o
no el éxito de esta labor de contención cultural es la luz bajo la cual se ve a
los habitantes de la frontera; héroes de la nacionalidad o traidores a la
patria. Bajo esta luz héroe sería aquel
que logra conservar el orgullo por lo mexicano y preservar así sus costumbres
nacionales. Consecuentemente, la figura del traidor es la del mexicano que adopta "las costumbres norteamericanas." Estas costumbres que logran brincar la
trinchera cultural no son siempre fáciles de identificar. Son "influencias", "cosas del
otro lado" vaguedades que van modificándose con el tiempo.4
Vasconcelos llamaba pochos a estos
mexicanos identificados con lo negativo norteamericano. Para él pochismo es, entre otras cosas,
"(p)alabra que se usa en California para designar al descastado que
reniega de lo mexicano aunque lo tiene en la sangre y procura ajustar todos sus
actos al mimetismo de los dueños actuales de la región." (513) Leyendo las memorias resulta evidente que Vasconcelos
asocia principalmente el pochismo con la camada de generales y políticos
sonorenses que comienzan a gobernar el país en la década de los veinte y que se
convertirán en sus acérrimos enemigos.
Al respecto comenta lo poderosa que "llegaría a ser esa corriente
pochista que colocaría a uno de los suyos a las órdenes de Calles, en el papel
de presidente de paja que desempeño Abelardo Rodríguez." (513)
Hay, para Vasconcelos, diversos
tipos y niveles de pochismo. Nos da
como ejemplo de un pochismo leve el de Roberto Pesqueira: “El pochismo de Roberto, en realidad, no
pasaba del gusto por la vida en el hotel de viajeros yanqui, baño privado,
comida de ración uniforme, de costa a costa; en vez de vino, agua helada y
mucho aparato de ascensores y teléfonos.
Esto era para el pocho
la civilización.” (514)
Nuestro autor
ve al pochismo como la doctrina enemiga de la “cultura latino española de
nuestros padres" (513) la cual quiere sustituir con el "primitivismo
norteamericano que desde la niñez se infiltra en los pochos." (513) Vasconcelos
identifica al pochismo principalmente con el grupo Sonora. Norteños de otros estados no van a ser
identificados con este epíteto pues eran los pochistas un grupo "sin
coahuilenses ni chihuahuenses."(529)
Los pochistas -según Vasconcelos- intentan destruir la influencia
"de la ciudad de México" (530) en la revolución. La oposición se torna así centro/frontera
donde ésta va a ser asociada con la barbarie y el centro con la civilización o
latinidad.
Resultan paradójicas las
definiciones y asociaciones que nuestro polifacético autor hace con relación al
pocho. Hay dos elementos que parecen
ser indispensables para ser pochistas.
El primero es el haber sido criado en la frontera, principalmente del
lado norteamericano. De Abelardo
Rodríguez "el presidente pochista" dice: "por allí andaba, en
escuelas de Arizona y en teams de
baseball y en aprendizaje policíaco el
citado expresidente y amo protemporis
de los mexicanos educándose en pochismo." (513) El otro requisito para formar parte del
-según Vasconcelos- infame grupo pochista es hablar inglés. Acerca de esto comenta en La tormenta el caso de Fernando Iglesias quien pudo
haber sido miembro del grupo pero:
no
podía servir a los planes del pochismo porque también resultaba representativo
del alma metropolitana que los pochos querían destruir. No hablaba inglés. Y aunque esto se lo tachaba con burla Juan Urquidi, yo se lo
celebraba, pues en cambio en castellano sabía expresarse con
pulcritud. Y no eran todavía los
tiempos del pocho de Abelardo Presidente, en que un mestizaje sin honra se
ufana de oír hablar inglés a su jefe, así se trate de un inglés... pocho. (540)
1.3
¿VASCONCELOS POCHO?
Empero, ¿cómo es qué el propio Vasconcelos
logra escapar a la clasificación del pocho?
De acuerdo a las dos categorías dadas más arriba, él mismo podría ser
considerado un pocho más. Como los
miembros del “grupo pochista” él también creció en la frontera. Asimismo, como Abelardo Rodríguez, asistió a escuelas de Arizona. Más aún, ya hemos visto en este mismo ensayo
su admiración por su escolaridad yanqui.
Como consecuencia de lo anterior es
que también cumple con el segundo requisito; hablar inglés. En sus memorias hay múltiples ejemplos de
esto. De hecho gran parte de su éxito
profesional se debió a su trabajo para compañías norteamericanas a las cuales
-entre otras funciones- servía de intérprete.
Para ilustrar este punto nos remitiremos al Ulises Criollo donde
incluye precisamente un capítulo titulado "De intérprete" y
dice: "Con motivo de cierto
negocio, tuve ocasión de ver por primera vez, de cerca, al viejo caudillo. Me llevó Warner a una conferencia en calidad
de intérprete."(322) Es
precisamente su dominio del inglés lo que hace que sea nombrado representante
de diversas facciones revolucionarias en Estados Unidos.
Ahora bien, si como ya hemos
mostrado Vasconcelos encaja en gran medida en su propio modelo de pocho, ¿qué
estrategias emplea para desasociarse de éste?
La respuesta es simple; se adscribe a la latinidad. Acude a su conocimiento clásico al enfatizar
la dicotomía frontera igual a barbarie versus centro como foco de cultura.5
Esto se pone de manifiesto -estilísticamente- en el párrafo
anteriormente citado donde critica a Abelardo Rodríguez. Allí muestra su conocimiento del inglés con
palabras como teams y baseball pero las contrasta inmediatamente con un
latinajo; protemporis. La intención, como dije, es colocarse en el
centro, del lado de la cultura.
2.0
LA FRONTERA COMO DESIERTO CULTURAL
Víctor Zuñiga describe esta imagen
en los siguientes términos: "el
norte de México es a la cultura lo que el desierto es a la vegetación"
(18). En este caso -como en la primera
imagen de trinchera cultural- también es fácil saber de donde proviene. Aquí la referencia no es tanto histórica
como geográfica. Una gran parte de los
tres mil doscientos kilómetros de frontera es zona desértica. La imagen ha sido en alguna medida
verdadera, la región tradicionalmente ha carecido de una infraestructura que
promueva la cultura y las artes. Sin
embargo, según Zuñiga, esta situación de desierto cultural se ha venido
transformando en las dos últimas décadas. (18)
Ahora veamos como presenta Vasconcelos
esta imagen. En los diferentes tomos de
sus memorias abundan las referencias a la frontera como una zona sin cultura
mientras que el centro se presenta como la fuente de ésta casi por
antonomasia. Alguien del centro, por el
solo hecho de serlo, es superior a los fronterizos:
En primer lugar, el texto del nuevo
credo no lo había escrito Roberto ni hombre alguno
del Norte, sino Manuel Bauché Alcalde, de puro Distrito Federal, mi antiguo condiscípulo
en Piedras Negras, y que en los grupos improvisados de la revolución ocupaba posición de
escritor... Sólo porque siendo del Sur tenía cultura mediana se había
improvisado dirigente en tierra de ciegos.
Y les había hecho el articulito
adulatorio de los del Norte. (512)
Ni aún los fronterizos que él
considera sus amigos escapan a esta clasificación. En la siguiente cita al hablar de un buen amigo se refiere a una
incultura inherente a la vida y la crianza en la zona. A pesar de que le dispensa adjetivos por
demás positivos; "bonachón, inteligente, sagaz en política" y
"buen abogado" (517) agrega que es "inculto como todos los que se crían en aquellos
territorios." (énfasis nuestro 517)
En este punto conviene volver a reflexionar un poco en este
"todos" generalizador del que por supuesto el ensayista mexicano se
sustrae aunque, como ya hemos apuntado, él mismo fue criado en la frontera.
Hay más ejemplos. En un pasaje de las memorias en que intenta
describir en forma positiva una “aldea fronteriza” continua hablando en
términos de cultura e incultura:
De allí regresamos otra vez a
Monterrey para compartir la gira de Villareal por algunas
aldeas de Nuevo León; entre otras su tierra, Lampazos. A cualquiera de estos caseríos sin pavimento ni
tradición municipal se llama entre nosotros ciudad. No llegan, es claro, a la
importancia ni la categoría cultural de una aldea española, y eso que Lampazos es célebre por el cabrito asado, versión
norteña del cordero de Castilla, y por su población de raza
española pura que ha dado guerrilleros y generales
a docenas, rudos y primitivos como su territorio, pero no faltos de bondad natural y de castizo arrojo. (553)
Aunque resulta
claro que aunque el autor ve con simpatía esta villa y su gente no deja de
compararlos negativamente con sus contrapartes españoles más cultos y
poseedores, según él, de la versión original del cabrito.
3.0
LA FRONTERA COMO ORILLA
Todo lo anterior nos lleva a la
siguiente pregunta, ¿es esta pobreza de alma y de cultura el resultado de la
cercanía con Estados Unidos o del estar lejos del centro de México? De nueva cuenta Vasconcelos, como en caso de
la penetración cultural, se muestra ambivalente. Por una parte parece culpar la influencia norteamericana por la
pobreza cultural de la frontera norte. Al pochismo nativo de estas tierras lo
describe como "barniz de civilización, ya que no de cultura, que el mexicano
se unta en California, en Nuevo México, en Arizona" (530). Sin embargo, en otras ocasiones reconoce que
hay más cultura del lado norteamericano:
En vano buscaba la nogaleras que sin
duda le habían dado nombre. Apenas uno que otro árbol en calles apartadas, y el
centro de una fealdad sin alivio de casas pequeñas, de ladrillo; interiores sórdidos, polvo en
todas partes, descuido, y no por pobreza; por incultura. El ejemplo
del otro lado, bien urbanizado, flamante. (nuestro
énfasis 515).
Y por último -y
para hacerlo más complicado- en otros ejemplos describe ese territorio entre
los dos polos culturales (México D. F. y Nueva York) como un "no man's land":
Entre estas dos civilizaciones, la
española mexicana que tiene por foco la capital mexicana y la anglosajona que tiene por núcleo a Nueva York y a
Boston, hay una extensa no man's land del espíritu, un desierto de las almas, una
barbarie con máquinas
y rascacielos en la región sajona: Barbarie con máquinas y rascacielos en la
región mexicana, de Monterrey al Norte. (554)
Las imágenes de la frontera y los
fronterizos que Vasconcelos nos presenta a través de las muchas páginas que
forman sus memorias no hacen sino confirmar al hombre lleno de contradicciones
que fue; un ferviente antiyanqui que pasó gran parte de su vida profesional
defendiendo los intereses norteamericanos, o un apasionado defensor de la
democracia que termina sus días coqueteando con los fascismos. A la frontera en general la trató mal. Ya hemos visto ejemplos en que incluso
queriendo simpatizar con los fronterizos no deja de hablar de los "rudos y
primitivos [que] como sus territorios"
(553) son. Todo lo anterior lo
hace en un afán de distanciarse de esta tierra que él llama de
"haraganería e incultura." (554)
Comentarios por demás interesantes viniendo de alguien que fue criado
precisamente en la frontera.
Notas
[1] La noción misma de independencia lleva implícita la idea de la diferenciación. Bajo esta premisa México y los mexicanos existen como categorías en la medida en que son diferentes a cualquier otro país y sus habitantes.
2 Los hechos armados iniciados en Chiapas al comenzar 1994 no hacen sino confirmar lo antes dicho pues, en gran medida, las quejas del ejército zapatista se derivan del abandono en que tradicionalmente se ha mantenido a esta zona.
3 Todas las citas atribuidas a Vasconcelos provienen de la edición de sus memorias tomo I por el Fondo de Cultura Económica aunque en ocasiones me refiera específicamente a Ulises Criollo y La tormenta.
4 Como ya hemos dicho, las "tradiciones" construidas para justificar una identidad son degradables. La ya mencionada oposición Ariel, espíritu, versus Calibán, lo primitivo, fue revertida principalmente a partir de la segunda mitad del presente siglo por intelectuales como Aimee Cesaire y Roberto Fernández Retamar quienes "positivisaron" lo que de negativo tenía el término Calibán. Lo anterior, por supuesto, demuestra la fragilidad de estas construcciones ideológicas.
5 Lo
contrario sucede también del lado
pocho, esto es, el norte se postula como civilización. Vasconcelos comenta al hablar de la "doctrina" de este
grupo que “se traían una especie de
doctrina de su invención que Roberto formuló en un artículo titulado ‘los
hombres del Norte’. El centro, el sur de México, estaban degenerados por la
indiada y la salvación dependía de los hombres de la frontera norte, portadores de la civilización...”(512)
Obras
Citadas
Paz, Octavio. El
laberinto de la soledad. México:
Fondo de Cultura Económica, 1987.
Piña Ortiz,
Martín. La frontera como ruptura. Hermosillo: Instituto Sonorense de Cultura, 1994.
Ramos,
Samuel. El perfil del hombre y su
cultura en México. México: Espasa
Calpe Mexicana, 1972.
Rodó, José
Enrique. Ariel. México: Editorial Porrúa, 1975.
Vasconcelos,
José. Memorias. México: Fondo de Cultura Económica, 1984.
Zuñiga,
Víctor. "Imágenes culturales de la
frontera". Cultura Norte (Abril-Mayo): 15-19, 1993.