Diego Cañedo: Ciencia ficción y crítica social en tres novelas mexicanas de los años cuarenta
Juan Carlos Ramírez-Pimienta
A pesar de que la ciencia ficción en México tiene una trayectoria de más de dos siglos, algunos de los actuales practicantes se quejan tanto de la falta de interés crítico como del desdén de los organismos culturales oficiales.[1] Empero, como ha sucedido con otros considerados subgéneros literarios (cuyo ejemplo más sobresaliente sería la literatura policíaca) esta falta de interés crítico y oficial no ha venido apareada con la falta de interés de parte del lector. Muy por el contrario, este interés por la ciencia ficción en general, y por la ciencia ficción mexicana en particular, se hace presente en revistas “a la Gutemberg” así como virtuales y otras páginas en Internet.[2]
No es casual que el género haya encontrado un rápido desarrollo precisamente en la red, según el escritor del género José Luis Zárate, la ciencia ficción siempre ha tenido problemas con el stablishment” (69)[3] De hecho, la ciencia ficción mexicana nació anti-stablishment. El fraile Franciscano Manuel Antonio de Rivas, quien es considerado pionero del ramo, tuvo que enfrentar a la misma inquisición a fines del siglo XVIII. El religioso escribió el que muy posiblemente sea el primer relato de ciencia ficción mexicana. Este relato contribuyó al proceso que el tribunal del santo oficio le abriera.[4]
En este texto pionero que lleva el larguísimo título de “Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la luna, y dirigidas al bachiller don Ambrosio de Echeverría, entonador de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha ciudad, y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de María de la península de Yucatán, para el año del señor de 1775”, el fraile Rivas imaginó tanto un viaje a la luna como una serie de conversaciones con los anctítonas, habitantes del satélite. En estas conversaciones el religioso abordó temas científicos y filosóficos hasta cierto punto tabú para un hombre de la iglesia.
A saber, al frecuentemente tomar lugar la acción en mundos del futuro o alternos al que habitamos, la ciencia ficción se presta para abordar temas vedados o para hacer una fuerte crítica social censurando en otra realidad lo que el autor reprueba en el contexto que habita. Esta crítica puede variar de intensidad: puede ser desde una condena a la modernidad o al materialismo hasta un ataque político directo.
Este ensayo estudiaré tres novelas de ciencia ficción de Diego Cañedo, escritor poco recordado que, como se verá, compartió, y en ocasiones se adelantó a algunos de los temas y recursos de los autores consagrados del llamado cambio narrativo del medio siglo mexicano.[5] En este sentido visitaremos las tres primeras publicaciones de un autor que, valiéndose de una estética no realista, articuló una severa crítica social y política en un contexto posrevolucionario conocido por su hostilidad al artista que no seguía las políticas culturales del estado.[6]
Las novelas a tratar son, en orden cronológico, El réferi cuenta nueve, Palamás Echevete y yo o el lago asfaltado y La noche anuncia el día, publicadas en 1943, 1945 y 1947 respectivamente. Las tres obras muestran temas clásicos de la ciencia ficción: el tema de la primera es la existencia de un universo paralelo, la segunda trata de un viaje a través del tiempo, mientras que la fantasía en La noche anuncia el día radica en la existencia de una artefacto capaz de leer los pensamientos.
En efecto, si se habla de la ciencia ficción mexicana, uno de los escritores que con más éxito visitó el género fue Diego Cañedo. Aunque en su tiempo sus obras disfrutaron de considerable fama, la crítica contemporánea se ha ocupado minimamente de Cañedo. En los libros que trazan el desarrollo de la literatura mexicana muy pocas veces se hace mención de él o de sus obras y cuando se hace es de pasada, dedicándole algunos párrafos, casi siempre bajo un rubro que encasilla la suya como un tipo de narrativa rara o distinta.
Se sabe poco de la vida de este autor. Diego Cañedo, el nombre con el que publicó, es un seudónimo. Su nombre verdadero era Guillermo Zárraga y nació en México en 1892. Como la inmensa mayoría de los autores de la época, Cañedo no vivía de la literatura. De profesión arquitecto, por muchos años escribió sin publicar dedicándose de lleno a su carrera. Por otra parte, su desempeño en este ramo fue bastante exitoso llegando incluso a estar asociado con el departamento de desarrollo urbano del Banco Nacional de México (Warren vii). El éxito profesional se manifestó también en el conocimiento y amistad de Cañedo con importantes personajes de la vida política nacional. Estas relaciones del autor, que incluso disfrutó de la amistad de Plutarco Elías Calles, se materializaron en agudas observaciones en las obras de ficción de un hombre a la vez cercano y crítico del poder. Por otra parte, lo más probable es que Diego Cañedo haya muerto hace ya muchos años aunque desconozco cuándo. Sin embargo, a juzgar por un ejemplar de La promesa de don Jorge de la Vega, libro publicado en 1977 y dedicado de puño y letra por Cañedo sabemos que para agosto de ese año el escritor aún vivía.[7]
Si bien la recepción de sus textos fantásticos y de ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta fue en general positiva, la participación de Diego Cañedo en el desmantelamiento de la estética realista y su contribución a la desmitificación de la revolución mexicana - que inclusive antecede a la de escritores como Carlos Fuentes y Juan Rulfo - ha sido poco estudiada. Es curioso anotar que lo anterior sucedió a pesar de que esta crítica social de Cañedo fue resaltada de forma positiva por nada menos que Alfonso Reyes en una reseña de la obra de Cañedo publicada hasta 1955. En esta reseña Reyes hace alusión a lo que él llama “ sátiras de aplicación contemporánea.” (93)
Con el boom literario que se inicio en México a partir de los años cincuentas la figura de Cañedo fue desapareciendo del panorama cultural nacional aunque lo anterior no significa, de ninguna manera, que haya dejado de escribir. Diego Cañedo, como se dijo arriba, continuó publicando hasta entrados los años setenta aunque, por el tiraje de las ediciones y la información bibliográfica que he logrado acumular, todo parece indicar que a partir de los años sesenta se tratan exclusivamente de ediciones de autor.[8]
En 1943 este prolífico escritor dio a la luz pública El réferi cuenta nueve. Esta novela, pensada y publicada durante la segunda guerra mundial, exhorta en sus más de cuatrocientas páginas a los mexicanos a unirse a los Estados Unidos para combatir al nazismo que, según Cañedo, gozaba de muchas simpatías en México. Considerando lo anterior, no resulta sorprendente que el autor haya dedicado su obra a sus “amigos norteamericanos” y a sus “amigos menores de veinte años”.
Hasta donde sé Alfonso Reyes se ocupó en dos ocasiones de la novela. La primera en una reseña escrita en noviembre del 1943, al poco tiempo de la publicación de la obra. En esta reseña que se titula “Una nueva novela mexicana” señala que en El réferi en realidad hay dos novelas mezcladas:
La
costumbrista, bastante lograda aunque de escaso alcance por la naturaleza misma
del género, y cuyos aspectos pudieron abreviarse un tanto, y la política, de
mucha mayor trascendencia, en que se revisan y exponen con rara sinceridad y
honradez las vicisitudes de la vida pública mexicana, en el pasado inmediato,
en el presente y hasta en un porvenir utópicamente forjado mediante la
invención literaria. (338)
Un poco después Reyes finaliza sus dos cuartillas con un franco espaldarazo a la obra de Cañedo: “Obra de buena fe, valerosa y clara, no nos detenemos en reparos inútiles y nos atenemos al saldo y la útil orientación. No dudamos en recomendar su lectura, y creemos que enriquece considerablemente el acerbo de la novelística mexicana.” (339)
Efectivamente, El réferi cuenta nueve es una novela muy bien lograda que enriquece no sólo la ciencia ficción mexicana sino, como ha dicho Reyes, la novelística nacional. Aquí, sin embargo, hay que reparar - y sobre este punto volveré al final del ensayo - en el olvido en que se ha mantenido a esta obra y a su autor.
El mismo Alfonso Reyes resumió la novela en una nota escrita en 1955. En esta sinopsis describe así la obra: “Fantasía basada en una supuesta invasión de los nazis a América, fantasía que se sitúa en el futuro. Fue escrita por aquellos días en que algunos mexicanos, bajo el tradicional recelo contra los vecinos del norte, suponían de buena fe que lo mejor para México sería el triunfo del eje.” (3)[9] Con relación a esta actitud pro-Estados Unidos de Diego Cañedo, Ross Larson, uno de los pocos críticos que se han ocupado de su obra, apunta lo siguiente:
The United States has very few champions among
the writers of Latin America; this is especially true in the case of
Mexico. A notable exception is Diego
Cañedo [...] who, although perhaps better known for his light entertaining
fantasies, has written ambitious works of social importance. During the Second World War, Cañedo was
dismayed by the general acceptance in Mexico of nazi propaganda. In order to influence public opinion against
Hitler and in support of the United States, he wrote an impressive futuristic
novel which he entitled El réferi cuenta
nueve (1943). (53)
Es difícil asegurar que Diego Cañedo fuera, como asegura Larson, un “campeón” de los Estados Unidos. Este supuesto pro americanismo no es tan visible en obras posteriores por lo que me inclino a pensar que más que pro americano Cañedo era Antinazi. Puesto a escoger entre dos potencias Cañedo escogió, a pesar del pasado expansionista e imperialista del vecino del norte, lo que él consideró el menor de dos males. Además, conviene recordar que la voz de Cañedo no era la única que invitaba a poner un impase al tradicional recelo a los norteamericanos. En la prensa de la época se articulaban ideas semejantes: al año siguiente de la aparición de la novela de Cañedo encontramos, en la influyente revista Hoy, una serie de artículos firmados por Horacio Quiñones con la misma tesis revisionista de las relaciones México- Estado Unidos.
La nota lleva por título “Hablando claro: El sentido de la nación” y tiene como propósito reconciliar el nacionalismo mexicano con una apertura económica ligada precisamente al modelo económico norteamericano. En ella el autor trata de justificar la histórica política imperialista norteamericana para con su vecino del sur. Para él “la guerra de Texas y la guerra con Estados Unidos, fueron dos guerras políticas y no imperialistas”. Reconoce que los Estados Unidos emplearon en estas guerras “toda la mala fe de que eran capaces” pero luego agrega que “el conflicto era inevitable” y se las arregla, por medio de un malabarismo lingüístico e histórico, para sugerir que éste fue benéfico para México ya que “la derrota mexicana no fue, en un sentido trascendente e histórico, sino la derrota de las tradiciones conservadoras mexicanas que tanto han estorbado el progreso de nuestro país”.
El autor llega incluso a extraer de la ecuación a los norteamericanos al argüir que la guerra del 1846 “fue la guerra misma que los mexicanos sostuvimos dentro de nuestro propio suelo” para luego rematar arguyendo que el mexicano debe olvidar el trauma de la invasión pues de no hacerlo “podríamos perdurar indefinidamente ciegos, ajenos a toda posibilidad de progreso político”. Varios párrafos más adelante Horacio Quiñones finaliza con una propuesta de un “patriotismo internacionalista” que él mismo reconoce problemático al decir que “aunque parezca contradictorio se es internacionalista porque se es patriota y viceversa”.
En realidad, esta posición conciliadora no hace sino reflejar un postura oficial mexicana que a partir de los años cuarenta y los cincuenta va a basar abiertamente su modernización en el modelo estadounidense. Más y más compañías norteamericanas van a establecer fábricas en territorio mexicano tratando de vender el “american way of life”. Esta modernización a la americana se verá claramente desde en los anuncios comerciales hasta en las producciones culturales de la época.[10] Por otra parte, esta “invasión” norteamericana no desplaza de inmediato los productos y costumbres mexicanos. En su Tragicomedia mexicana José Agustín relata así el fenómeno: “Por la radio se escuchaba el furor estadounidense del Swing y el jitterbus, pero en realidad México aún no se agringaba, aunque por supuesto mucha gente, que lo podía, prefería fumar cigarros importados, de “carita” como los Lucky Strike, Chesterfields o Camel [...]” (40)
En El réferi cuenta nueve encontramos una muy severa crítica social. El (primer) narrador de la novela remarca en varias ocasiones su preocupación y descontento por la situación política y social de su país. Al inicio de la obra, al relatar los tópicos usuales de conversación con un amigo, señala: “Primeramente hablábamos mal del gobierno, del fracaso revolucionario, de la venialidad de los hombres públicos, de la miseria de nuestros pobres indios, que han servido sólo de estandarte para encumbrar a los políticos pero que siguen en la desgracia.” (12)
Si bien es cierto que para principios de la década de los cuarenta el fracaso revolucionario era evidente, una cosa era saberlo y otra muy distinta hacer una reprobación directa – y por escrito - al sistema. Por otra parte, desde la perspectiva literaria también resultaba aventurado, por decir lo menos, criticar el indigenismo que no sólo representaba una importante faceta de la política social del estado sino que, además, representaba una de las más importantes estéticas a seguir en todo lo relacionado con la producción cultural.[11]
Un poco más adelante el narrador continua su censura atacando dos de los cánceres del estado mexicano: el burocratismo y la corrupción:
[Y]o no podía traicionar la gloriosa
tradición del burócrata y me apegaba estrictamente a las tres reglas de oro de
mi oficio: la primera tratar mal al público, la segunda despachar los asuntos
con el máximo de lentitud y la tercera dejarme cohechar cada vez que se me
presentaba una ocasión sin peligro. (13)
Sin embargo, Cañedo es también cauteloso en su crítica. En El réferi se protege, exculpando al presidente en el poder en los años en que escribió su novela (que correspondería al sexenio de Manuel Avila Camacho) diciendo que no habla “del gobierno de ahora que está en manos de un hombre cuya bondad [...] nos hace olvidar a los mexicanos muchas porquerías [...]” (95) De esta manera, en esta, su primera novela publicada, su condena va a ser paliada porque, como veremos más adelante, en algunas de sus futuras obras continuará y aun arreciará su crítica al sistema posrevolucionario.
La novela relata cómo un empleado de gobierno en 1938, mientras pasaba una temporada en provincia en la casa de un amigo y se divertía buscando un tesoro, encontró un manuscrito redactado en 1961, es decir, en el futuro:
Encontréme entonces con un manuscrito. Encendí una lámpara de pie junto a un sillón
y me senté en éste para enterarme de la importancia de mi hallazgo. En la primera página había dos renglones
escritos con letra menuda; como tengo la vista cansada puse las cuartillas
sobre mis rodillas, saqué mis anteojos, me los calé con parsimonia y me dispuse
a leer. Esas dos líneas decían así:
‘Terminé de escribir esta historia el miércoles siete de junio del año de mil
novecientos sesenta y uno’. Comencé a
hojearlo, sin fijar mi atención. Eran
trescientas y tantas cuartillas de una escritura fina. En esos momentos lo absurdo del rótulo hirió
mi mente: novecientos sesenta y uno - me dije -. Y volví a fijar mi vista en él, esta vez con mayor cuidado. No cabía duda; allí estaba la frase escrita
con firmeza. (16-17)
El manuscrito relata con lujo de detalles una invasión de la Alemania nazi al suelo mexicano. El texto enfatiza el apoyo inicial de algunos sectores de la población que casi demasiado tarde se percató del peligro nazi:
Al principio muchos hombres de buena fe, que
ante el conflicto habían perdido el sentido de la proporción, cayeron en esa
trampa hábilmente tendida. Más tarde,
cuando el lobo disfrazado con la piel del cordero empezó a gruñir y a mostrar
los colmillos, casi todos esos hombres dieron un paso atrás, arrostrando el
peligro y aun la muerte, y se unieron a los que luchaban por arrojar al
nazi. (118)
A pesar de la fantasía con que está arropada, esta trama, como ha dicho Alfonso Reyes, refleja la situación en el México de aquellos tiempos. Después de muchos años de considerar a los Estados Unidos como los enemigos naturales, buena parte del pueblo mexicano apoya a la Alemania nazi. Luego de forjar en buena medida el nacionalismo en oposición al imperialismo angloamericano se les pide a los mexicanos que consideren a los Estado Unidos como aliados y amigos. En este sentido, la trama de El réferi con relación a la alianza germano-mexicana es plausible y enraizada en la historia reciente del país. No sería, además, como se sabe, la primera vez que los germanos consideraran tal opción pues ya durante la primera guerra mundial habían tratado de ganarse a México como aliado en lo que se conoce como el incidente Zimmerman.[12] La novela finaliza presentando una relación armónica entre los Estados Unidos y México después de la expulsión y derrota de los alemanes.
Dos años después, en 1945, Cañedo publica Palamás Echevete y yo o el lago asfaltado cuya trama central es el viaje a través del tiempo. En el espíritu del tema el autor dedica su obra a H.G. Wells.[13] También, muy en la tradición iniciada en su novela anterior, en esta segunda encontramos una crítica social. Esta vez Cañedo pone la censura en voz de Palamás, un profesor viajero en el tiempo que ha llegado del futuro al México de los años cuarenta. Al principio la crítica es muy general. Apunta Palamás sobre el materialismo:
Observe usted, en esas tienduchas, a los
compradores y compradores que discuten, arguyen y regatean, poseídos de la
codicia y la vanidad. Su “status”
depende de su capacidad de adquirir y para satisfacer estas ansias se entregan
a una existencia de ardorosa pugna en la cual pierden el decoro y la nobleza
echándolo todo al olvido, hasta los ideales y los fines últimos de la
vida. El espectáculo es lamentable.
(71)
Sin embargo, la crítica del profesor Palamás va más allá. En esta novela, como en la anterior, Cañedo llega a hacer lo propio con los gobiernos de la revolución y con esta misma. En este sentido y con la coyuntura que ofrece la ciencia ficción, Cañedo, a través de su personaje Palamás, hace un agudo ajuste de cuentas a la revolución mexicana. Esta severa crítica prefigura la que en la década siguiente harán autores como Juan Rulfo y Carlos Fuentes al mostrar una revolución corruptible y empantanada. Esto es lo que dice el personaje Palamás a los mexicanos:
[U]stedes ignoran lo que es una Revolución;
apenas conocen la palabra. Después de
treinta años viven sumidos en la misma miseria material y moral. Alegan haber hecho un largo camino a la
izquierda y en realidad sus apóstoles y líderes no tienen ningún sentido de las
direcciones. Creen que han caminado a
la izquierda porque se deslizan sobre una circunferencia en sentido contrario a
las manecillas del reloj; pero no se percatan de que periódicamente vuelven al
mismo punto de partida. (136)
La imagen circular es muy parecida a aquella con que finaliza El luto Humano de José Revueltas. Es verdad que para la fecha de publicación de Palamás han aparecido una serie de textos donde se ataca al estado mexicano emanado de la revolución. Empero, para hacerle justicia a la novela hay que hacer una distinción entre esta y otras producciones culturales de la época que critican al sistema. Lo común es que estas muestren a un líder local revolucionario que ha traicionado sus ideales volviéndose abusivo. Sin embargo, y esto es muy importante, siempre hay cuidado en no criticar la esencia misma del sistema y sus lideres principales, sus apóstoles como Cañedo los llama. No es común encontrar en la literatura de la época un párrafo tan directo y tan crítico no sólo de los hombres de la revolución mexicana sino de esta misma. Cañedo no fustiga utilizando un símbolo o un personaje que represente la revolución devaluada. Su juicio es directo, demoledor y sin cortapisas; ataca a los líderes sin visión de una revolución retórica.
Ross Larson apunta otra interesante característica de Palamás Echevete y yo o el lago asfaltado: la superposición del pasado prehistórico y el México moderno implícita en el subtítulo: “The striking image of a lake covered with asphalt suggests that the changes brought by time are only superficial, that Tenochtitlán built on Lake Texcoco survives even today in Mexico’s modern capital.” (54) En este sentido esta novela prefigura también obras como La región más transparente que ponen en tensión la superposición entre el México moderno y el México antiguo.[14]
A esta imagen del pasado y presente
mexicano superpuesto ha dedicado varios
estudios la investigadora Cynthia K. Duncan.
De acuerdo a ella:
Since the 1950’s [...] Fantastic literature in
Mexico has sometimes carried a more explicit message: it reminds the Mexican
that the past is not dead, that indigenous Mexico has not been smothered and
buried under the mask of Spanish culture, and that it will come back to haunt
him until he confronts it and learns to deal with it in a more honest way. It has become a vehicle of self-criticism
and self-examination for the Mexican writer and his reading public. (88)
La profesora Duncan tiene razón al afirmar que esta reflexión literaria toma lugar principalmente en los años cincuenta pero ya existe, como hemos visto, al menos desde la mitad de la década anterior.[15] La diferencia en Palamás estriba en que no es sólo presente y pasado que entran en juego en esta autocrítica, sino un futuro - de donde proviene Palamás - que permite poner en perspectiva muchos de los problemas que aquejan al México del medio siglo.
Por otra parte, la trama de Palamás Echevete y yo o el lago asfaltado es bastante sencilla. La novela comienza con un juego intertextual donde Diego Cañedo afirma no ser autor de la novela sino solamente el encargado de la publicación de un manuscrito de un conocido suyo.[16] La novela cuenta las aventuras del catedrático Palamás quien, en un recorrido por el tiempo, llega al México de los años cuarenta y se hospeda en casa del joven médico Emilio Echevete. Don Ignacio Mendoza, tío de Emilio, sirve como narrador de la novela. Eventualmente, el misterioso Palamás convence a Echevete para que lo acompañe en un viaje por el tiempo al México precolombino. Luego prosiguen a los tiempos de la Colonia donde finalmente quedan prisioneros en manos de la Inquisición, es decir, de la intolerancia por antonomasia.[17]
Al final de la novela no sabemos qué suerte corrió Emilio Echevete. El narrador especula que quizá haya pasado años en trabajos forzados:
[T]ú Emilio, pasaste quizás algunos de tus
años mozos remando encadenado en las galeras del Rey. Con los demás galeotes
hacías una sarta de dolor; sobre tus espaldas silbaba a la lumbre del rebenque
y tus labios agrietados por las calenturas apenas si podían pasar la
galleta. Sin embargo, me reconforta
soñar en que quizá encontraste el fin el sosiego y el amor en el regazo de
aquella mujer. (281)
En cuanto al profesor Palamás, la novela termina con el recuento de las torturas y posterior muerte del catedrático. Sin embargo, el narrador sugiere que se suicidó camino al tablado donde iba a ser quemado vivo: “Hice un cotejo cuidadoso de las coléricas invectivas de Palamás en el tormento; la identidad es innegable. Presumo también que se suicidó en camino al cadalso.” (280)
La noche anuncia el día, la tercera novela de Cañedo, se publicó en 1947 aunque en el prólogo dice haberla escrito diez años antes. Lo anterior no tendría mayor importancia de no ser porque en 1937 se dio a conocer la novela La machine a lire les pensées de André Maurois con tema parecido. Por otra parte, Cañedo negó haber recibido influencia alguna de la obra pues, aunque acepto haberla leído, dijo que ya para entonces su novela estaba concluida. Si por una parte es cierto que las dos novelas tratan de una máquina capaz de leer el pensamiento, los desarrollos son muy distintos. Alfonso Reyes, aceptando la palabra del autor, nos dice en 1955 que la obra de Cañedo fue escrita de 1938 a 1939 “pero sólo publicada en 1947” (3) y agrega que la novela es “una fantasía donde el autor recoge su experiencia política en la época de Calles, de quien nos ofrece una semblanza.” (3) Según Reyes, Cañedo “no quiso publicar este libro en vida de Calles, por lo mismo que fue su amigo personal y para que sus juicios no parecieran interesados.” (3)
En Reyes se advierte – como hemos visto más arriba - una simpatía y un respeto a la labor literaria de Cañedo. Es uno de los autores - dice- que se mantuvo ajeno a las capillas y mafias literarias. Pondera, además, su profesionalismo al decir que es un autor que no navega con patente de escritor profesional, que escribe para divertirse y divertir al lector. De parte de Cañedo no hay, al parecer, sino admiración por Reyes a quien incluso dedicó en 1952 un muy interesante cuento fantástico; Isolda o el misterio de las gafas verdes.
A diferencia de El réferi y Palamás que se desarrollan en México, La noche anuncia el día transcurre en la ficticia república sudamericana de La Paz. La trama muestra, irónicamente, La Paz envuelta en guerras civiles y traiciones políticas. La novela cuenta, por medio de una compleja sucesión de testigos y narradores, la historia de Antonio Cutiño. Cuando Cutiño le salva la vida a un científico ruso atrapado en medio de una revolución, éste le obsequia en agradecimiento los diagramas para la construcción de un aparato que lee los pensamientos. Cutiño no cree en la posibilidad del proyecto y se olvida de los planos por muchos años hasta que un día, más por curiosidad que por otra cosa, se decide a construir el aparato. Con la máquina - que por supuesto funciona - pronto logra tener un inmenso poder político llegando a convertirse en una especie de consejero privado del presidente, el general Camargo.
Esta novela puede leerse como una fuerte denuncia al militarismo y a la inestabilidad política imperante en los años de la posrevolución en más de un sentido comparable y comparada a La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán. En las dos se narran con marcos muy distintos - uno realista y otro fantástico - una matanza de generales rebeldes ordenada por el presidente.
En la novela de Cañedo un coronel irrumpe una reunión de generales en provincia. Luego de arrestarlos, los sube a vehículos militares para transportarlos a la capital. Al poco tiempo del trayecto la comitiva abandonó la carretera principal. A continuación citamos en extenso ateniéndonos a lo poco conocida que esta interesante novela resulta para el lector de hoy:
De pronto los vehículos dejaron la ruta
asfaltada para entrar en un camino estrecho y polvoroso. Quesada fue el primero en preguntar:
- ¿Qué, no vamos a La Paz?
Repitió su pregunta dos o tres veces hasta
que, al fin, el Coronel contestó:
- Mi general, no puedo darle ningunos
informes; obedezco los mandatos que recibí.
Caminaron como veinte minutos; unos diez
kilómetros. La comitiva se detuvo; los soldados bajaron de las camionetas y el
Coronel se hizo oír:
- Señores, deben ustedes descender.
Hubo un momento de estupor; pero al fin, uno
por uno, fueron saltando a tierra.
Entonces tomó la palabra algunos de los otros complotistas; creo
que fue Santiesteban y dijo:
- Coronel, somos hombres y estamos entre
hombres. Su modo de conducirse con
nosotros es por demás extraño; por tanto, como hombre y como compañero de armas
le pedimos nos diga qué se quiere de nosotros y qué suerte nos espera.
El interpelado respondió entonces bajando la
vista, como si él fuese el acusado ante sus jueces:
- Señores, tengo ordenes precisas de
ejecutarlos en este lugar.
- Pero no será a todos - replicó
Santiesteban.
- Sí , a todos - fue su respuesta. (103)
Los conspiradores tomaron la noticia de forma diferente: alguno se echó a llorar a los pies el coronel mientras que otros se resignaron a sus suerte:
Entonces formó un pelotón de veinte soldados
y, en dos grupos de ocho prisioneros consumó las ejecuciones. A Gurrola tuvieron que fusilarlo sentado,
improvisándole un respaldo de ramas, pues estaba casi inconsciente. Así abortó [...] el complot mejor urdido y
más ramificado para derrocar a Camargo.
Todo el país se conmovió con la tragedia y hubo dos o tres pequeños
brotes de rebelión, que el gobierno reprimió.
(103)
Tal vez lo anterior ayude a explicar por qué Cañedo esperó tantos años para dar a conocer su obra. El tema de la matanza de Huitzilac era todavía bastante delicado para cuando publicó su novela. En realidad el tema continuaría siendo tabú por muchos años más. La sombra del caudillo, película basada en la obra homónima de Guzmán, filmada por Julio Bracho en 1959, permaneció enlatada hasta hace relativamente pocos años. Es lógico que a esto mismo se deba que Cañedo haya decidido, a diferencia de sus anteriores novelas El réferi cuenta nueve y Palamás Echevete y yo o el lago asfaltado, situar la acción de La noche anuncia el día en un país ficticio. De cualquier manera, la alusión era peligrosamente clara.
En 1949 salió una edición de La noche en Estados Unidos con notas y ejercicios para ser usada en el aprendizaje del español. Esta edición, a decir de su responsable Virgil Warren, a la sazón profesor de Georgetown College, surgió a raíz del entusiasmo que la novela provocó en México: “Slightly over a year ago, La noche anuncia el día made its initial appearance, and the enthusiastic reception accorded the novel has made imperative the preparation of another edition within the next few months of the present year. Consequently, the present text makes it possible for North American students to be reading a work that is receiving simultaneously the attention of Mexican readers [...]” (vii) La novela, así mismo, expondría a los estudiantes a prácticas políticas extranjeras, “certain aspect of south American Political life that contrast with those of our own country [...]” (vii)
Estas prácticas a las que se refiere Warren son, por supuesto, las políticas dictatoriales que se ventilan en la obra. Sin embargo, Warren también anota el optimismo inherente al título de la novela y la confianza de Cañedo en que precisamente después de la oscuridad vuelve la luz como lo anuncia “Los Cisnes”, el poema de Darío de donde procede el título:
...Y un Cisne negro dijo: “La noche anuncia el día”.
Y uno blanco: “¡La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal!” ¡Oh tierras de sol y armonía,
aun guarda la Esperanza la caja de Pandora!
A pesar del entusiasmo que de acuerdo al profesor Warren La noche anuncia el día provocó en México, esta no volvió a ser editada en el país. Sin embargo Diego Cañedo continuó escribiendo. En 1959, al hacer un breve balance de su obra publicada hasta entonces, John Brushwood y José Rojas Garcidueñas nos dicen: “Bajo la apariencia de sus fantasías hay, en las novelas de Diego Cañedo, apreciaciones muy valiosas y aguda crítica de hechos y circunstancias sociales, dándoles, así, un contenido trascendental sin perjudicar, en lo mínimo, el interés y lo grato de leerlas.” (145)
En efecto, sin lugar a dudas, las novelas de Cañedo que hemos visto en este ensayo son no solamente una prueba irrefutable del potencial crítico de la ciencia ficción y la fantasía sino, además, una muestra de un escritor vanguardista y diferente al que la historiografía literaria, por desgracia, ha mantenido muy olvidado. Diego Cañedo, quien tanto jugó en sus ficciones con el tiempo, seguramente se adelantó al suyo.[18]
[1] Para propósitos de este trabajo consideraré ciencia ficción aquella producción cultural en que ocurra un rompimiento de las leyes naturales a través de una especulación científica. Estoy consciente de que esta definición no abarca todos los matices del género. Remito al lector interesado a la disquisición que sobre el término se ofrece en The Encyclopedia of Science Fiction editada por John Clute y Peter Nichols.
[2] Algunas de las revistas de papel y virtuales son: Nahual, Umbrales, Asimov ciencia ficción, Mercado negro, Sub, Frantal’zine, Charrobot, Azoth, Realidad cero on line, La langosta se ha posado, Laberinto.
[3] Revista Proceso del 19 de julio de 1998, p. 68.
[4] Según Miguel Angel Fernández-Delgado la escritura de este texto fue el principal cargo que se le imputó:
During the inquisitorial trial against Father Rivas [...] his accusers affirmed the he loved to sit in mass with crossed legs and that he did not like to join the chorus in adoring God; he equally criticized those who venerated the images of saints, and he ridiculed Indian peregrinations. Another charge was that he had written a pampleth against the brothers of his order; but the greatest charge in his trial was the he figured out and wrote about a moon voyage [...] (18)
[5] Sin embargo, la intención principal de este trabajo es aproximarnos a un importante escritor que ha permanecido olvidado por muchos años. En este ensayo incluyo una breve semblanza de la obra y vida de Canedo. Esta semblanza – soy el primero en admitir - es incompleta. Ojala que el presente estudio traiga como consecuencia el que alguien “corrija la plana” y saque a la luz otras obras y datos a los que no yo no he tenido acceso.
[6] Al respecto es útil recordar lo que acertadamente aseveró al mediar la década del cuarenta el poeta y crítico Xavier Villaurrutia: “lo cierto es que entre nosotros, al autor que no aborda temas realistas y que no se preocupa de la realidad nuestra de cada día, se le acusa de deshumanizado, de purista, y aun de cosa peores.” (119)
[7] Agradezco a Miguel Angel Fernández Delgado que me haya facilitado una copia fotostática de La promesa de don Jorge de la Vega.
[8] En la segunda edición de La promesa de don Jorge de la Vega (1977) se incluye una sección titulada “otros cuentos de Diego Cañedo” donde aparece una lista de sus publicaciones (cuentísticas solamente). Si bien los títulos vienen sin fecha de publicación, al reproducir la lista yo incluyo entre paréntesis los años de publicación de algunas obras:
El extraño caso de una litografía mexicana (1958); La historia del pequeño fauno de Chelsea (1951); Isolda o el misterio de las gafas verdes (1952); El presente de Ariel; Vida, expiación y muerte de Arístides Elorrio; El milagro (1963); La verdadera Historia de Maria Candelaria; El caso de los billetes volatizados; La promesa de don Jorge de la Vega (primera edición); El jueves santo de Julio Argudín (1969); El gran planificador (1971); Las opiniones de un profesor griego y el affaire del tapete; Vox pópuli o la elección de un alcalde; Niña mía dónde estás; Lilith (1973); Esta medalla tuvo dos facetas; Notas sobre el viaje del profesor Arkisteno (1974); La singular aventura de Agustín Monterde (1974); El caso de “el cachirulo”Gorgonio y el profesor Bhoitto (1975); Paz en la tierra (1975); El abuelo redivivo (1976); Algunas reminiscencias de mi amistad con Feliciano el relojero (1976); Algunas evocaciones y la fuerza del destino; La promesa de don Jorge de la Vega (segunda edición 1977)
[9] “Las burlas veras.” Vida Universitaria. 233.37 (Julio 1955): 3
[10] Un ejemplo de lo anterior seria el filme de 1948 Una familia de tantas de Alejandro Galindo donde vemos la modernidad, personificada por un vendedor de aspiradoras, invadir una familia mexicana ante el horror del patriarca. Para un estudio detallado de la sumisión de los medios de comunicación de parte del estado mexicano para con el gobierno norteamericano antes y después de la segunda guerra mundial ver La guerra de las ondas de Luis Ortiz Garza .
[11] El tratar temas literarios indígenas era en el periodo posrevolucionario una ventaja no sólo por razones de acceso alas casa editoriales sino también como parámetro de los concursos literarios. En su Literatura mexicana siglo XX José Luis Martínez nos da un ejemplo de lo anterior al referirse a la novela Nayar de Miguel Angel Menéndez triunfadora del concurso de novelas hispanoamericanas de 1942:
Pese a sus restricciones y a una consistencia más lírica que genuinamente novelesca, Nayar, de Miguel Angel Menéndez, es la mejor novela aparecida en 1941. El cuidado de su estilo, la atención que tuvo el autor en su composición y las dotes de mesura, unidas a la buena intención social con que Menéndez encaró al problema de los indígenas nayaritas, justifican sin duda, tal aserto. (Enfasis mío 116)
[12] En enero de 1917 Arthur Zimmerman, ministro de relaciones exteriores alemán, mandó un telegrama cifrado al gobierno mexicano donde le proponía que en caso de que los norteamericanos rompieran su neutralidad y entraran en el conflicto, México les declarara la guerra. Como recompensa México recobraría los territorios perdidos en al guerra de 1846. El telegrama fue interceptado por el gobierno británico y sirvió como detonante para que Estados Unidos entrara al conflicto.
[13] Como en la anterior novela, en ésta también la dedicación es doble. Primero a H.G. Wells (aunque tímidamente matiza “with my apologies”), luego, a su maestro “don Pedro C. Sánchez.”
[14] A la lista podemos agregar – entre otras – obras como “Tlactocatzine del jardín de Flandes”, “Chac Mool”y “Por boca de los dioses” del mismo Carlos Fuentes y “Tenga para que se entretenga”y “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco.
[15] En otro tipo de producciones culturales la imagen ya existía: el filme de 1939 El signo de la muerte muestra precisamente una secta de indígenas que prepara, desde la antigua Tenochtitlan bajo tierra, el resurgimiento de la civilización azteca con todo y sacrificios humanos.
[16] De igual manera ahí mismo se atribuye igual labor en el caso de su anterior novela El réferi cuenta nueve aunque omitiendo el título: “Así fue como hice el año pasado la edición de un libro (que un empleado público me vendió), el cual no tenía otro mérito sino decir un puño de verdades sobre nuestra situación en la guerra, los nazis, los Estados unidos y nuestra incomparable burocracia.” (13)
[17] En “Las burlas veras.” [Vida Universitaria. 233.37 (Julio 1955): 3] Alfonso Reyes describe la novela así: “Fantasía sobre un catedrático - Palamás - de alguna universidad futura, que emprende un viaje a través del tiempo y se detiene en nuestro momento actual, donde se encuentra con el doctor Echevete. En compañía de éste, retrocede hasta los días de Atzayácatl, y luego pasa a los días de la Colonia. Juzgado por la Inquisición, es condenado a la hoguera.” (3)
[18] Poco a poco la figura de Diego Cañedo va resurgiendo del olvido. Al momento de escribir este ensayo Miguel Angel Fernández-Delgado redacta una entrada sobre Diego Cañedo para una guía de autores latinoamericanos de ciencia ficción.
Obras citadas
Agustín, José. Tragicomedia mexicana I. México: Planeta, 1990.
Brushwood, John y José Rojas Garcidueñas. Breve historia de la novela mexicana. México: De Andrea, 1959.
Cañedo, Diego. La
noche anuncia el día. México:
Stylo, 1947.
---. El réferi
cuenta nueve. México: Cultura,
1943.
---. El extraño
caso de una litografía mexicana.
México: 1958.
---. Palamás
Echevete y yo o el lago asfaltado.
México: Stylo, 1945.
---. Isolda o el
misterio de las gafas verdes. México: Stylo, 1952.
Clute, John y Peter
Nicholls (eds). The Encyclopedia of
Science Fiction. New York: St.
Martin’s Press, 1995.
Duncan,
Cynthia. The Fantastic and Magic
Realism in the Contemporary Mexican short Story as a Reflection of lo
Mexicano. Diss 1983. University of Illinois at Urbana-Champaign.
Fernández-Delgado,
Miguel Angel. “A Moon Voyage inside an Astronomical Almanac in
Eighteenth-Century México”. The New York Review of Science Fiction. 9.1 (Sept. 1996):17-18.
Fuentes,
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días enmascarados.
México: Aguilar, 1974.
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Tempe: Arizona State University, 1977.
Martínez, José Luis. Literatura mexicana siglo XX, 1910-1949. México: Antigua librería de Robledo, 1949.
Maurois, André. La
machine a lire les pensées. Paris:
Gallmard, 1937.
Ortiz Garza, José Luis. La guerra de las ondas. México: Planeta, 1992.
Pacheco, José Emilio. El principio del placer. México: Joaquín Mortiz, 1972.
Quiñónez, Horacio. “Hablando claro: El sentido de la nación” Hoy el 16 de diciembre de 1944.
Revueltas, José. El luto humano. México: México, 1943.
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Villaurrutia, Xavier. “Reseña de Ficciones.” El hijo pródigo. 26 (1946): 119.
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Northfolk: New Directions, 1949.