Del
rancho al arrabal o cómo formar un estado-nación en el cine de la época de oro.
Juan
Carlos Ramírez-Pimienta
Uno de los problemas que más
frecuentemente encuentra el investigador al tratar de darle sentido a las
políticas culturales implementadas por personas, organismos o partidos en el
poder es, precisamente, saber qué sentido o intención hay detrás de la adopción
de esas políticas. La tentación de
dejarse llevar por teorías conspiracionistas en las cuales hasta el más mínimo
detalle es instrumentado por el estado con el fin de perpetuarse a través de un
adoctrinamiento cultural es grande.
En el caso de México esta tentación
es aún mayor pues razonamos que fue uno sólo el partido político que controló el destino del país por casi 70
años. ¿Cómo -nos preguntamos- es
posible pensar que el PRI-gobierno no haya diseñado e implementado una política
cultural que le ayudase a mantenerse en el poder? Tomemos por ejemplo el cine -el de la época de oro para ser más exactos. Sobre el tema encontramos decenas de libros
y ensayos donde los autores nos cuentan del esfuerzo llevado a cabo por el
gobierno para crear una imagen del mexicano en el charro bravucón y
cantador. ¡Tiene sentido! Es
conveniente al proyecto de estado-nación y al proceso de industrialización que
se implementa en México principalmente a partir de los años cuarenta.
Podemos aún pensar que este proyecto
es sólo una manifestación, la más importante tal ves, una rama de una intención
unificadora nacionalista que además abarca tanto a la literatura como las artes
plásticas. ¿Acaso en este último rubro no se está -en esos mismos años- creando
la escuela mexicana de pintura? Y en literatura, ¿no estamos -por esas fechas-
consolidando la Novela de la Revolución?
¿No estamos - como diría Florián, crítico literario de la época-
escribiendo de “lo nuestro”? ¿No son
pues los novelistas de la Revolución en muchos casos
argumentistas
de este cine nacionalista[1]?
Cuando además incorporamos a la ecuación la cesión de espacios
públicos a los muralistas de la escuela mexicana, la reforma a la constitución
en 1935 para que el congreso pudiera legislar sobre la industria fílmica, la
extensión de impuestos otorgada a esta misma durante el último año del gobierno
de Avila Camacho y la creación de un banco cinematográfico en los años
cuarenta, la evidencia -abundante ya de por sí- inclina la balanza a pensar que
seguramente las políticas culturales mexicanas fueron llevadas al cabo con,
entre otros fines, el de pregonar un mensaje que beneficiase al partido en el
poder.
Volviendo a nuestro caso del cine
mexicano que es al que dedicaremos este ensayo, tenemos la suerte de que no
sólo críticos “independientes” se hayan ocupado de él sino que existe -en
edición de autor- un libro escrito por un funcionario gubernamental que para
fortuna nuestra corrobora las ideas expuestas más arriba. El libro es La Industria cinematográfica
mexicana y el autor es Federico G. Heuer quien fungió como director del
Banco Nacional Cinematográfico en el sexenio del Presidente Adolfo López
Mateos.[2]
De esta obra citaremos para mostrar el interés del gobierno en
controlar y regular la industria. Después
pasaremos al examen de cuatro películas para mostrar cómo estos filmes
beneficiaban al proyecto cultural del gobierno mexicano. Dos de las cintas a analizar (una comedia
ranchera y un melodrama indigenista) presentarán la provincia mexicana mientras
que las otras dos harán lo propio con la Ciudad de México. En todos los casos analizaremos las
estrategias empleadas para colaborar en esta labor de propagación del mensaje
cívico y unión espiritual a la que Heuer se refiere más abajo.
En su proyecto de crear patria el
cine es pieza fundamental pues el estado está consciente del gran poder de
penetración de este medio. Para decirlo
en palabras de Federico Heuer:
No
hay espectáculo que alcance difusión más amplia que la producción y filmación
cinematográfica. La influencia que este
medio de comunicación tiene sobre el público, tanto por el poderío de su imagen
como por la trascendencia que deja en el ánimo del público mismo, tiene mayor
fuerza de convencimiento y ejerce presión mayor que la palabra hablada o
escrita. Por su misma difusión, por la
amplitud en el número de espectadores que concurren a las salas de exhibición cinematográfica,
que es de proporciones casi ilimitadas, alcanza a todos los estratos de la
sociedad y constituye uno de los elementos más poderosos para llevar un mensaje
cívico, de propaganda o de educación, lo que obliga a que el estado intervenga
en forma decisiva en el desenvolvimiento y en el alcance de la cinematografía,
señalando medidas reguladoras y controlando su actividad. (222)
Así mismo es
elemento cohesionador y formador de la conciencia nacional pues:
Para
México, la significación e importancia de la Industria Cinematográfica rebasa
en mucho su aspecto estrictamente comercial, ya que constituye lazo de unión
entre los mexicanos, al acercar espiritualmente a los grupos de la altiplanicie
con los de las costas y los que habitan en el extremo sur de la península
yucateca, con los que tienen su hogar permanente en el norte de la Baja
California. (3)
Es pues innegable el interés que el
séptimo arte despierta y ha despertado en el gobierno desde sus mismos
inicios. Y es bien pronto que el cine llegó
a México; antes de que se cumpliera un año de la histórica exhibición de los
hermanos Lumiere en el Grand Café, en agosto de 1896, un equipo de operadores
de los inventores franceses arribaba a México dispuesto a mostrar la nueva
maravilla. Casi inmediatamente buscaron
la anuencia del Presidente Díaz logrando una entrevista con resultados
inmejorables ya que de ésta los operadores obtuvieron no sólo el permiso para
exhibir y filmar películas, sino además, el primer actor mexicano: Porfirio
Díaz. En su Historia del cine
mexicano, Emilio García Riera describe lo anterior así:
Halagado
por su conversión en actor de cine, don Porfirio autorizó a Bernard y Vayre la
realización en 1896 de unas 26 películas.
Entre otras cosas, los franceses mostraron en ellas al presidente en
diversas circunstancias (en carruaje, con sus ministros, en un recorrido del
Zócalo el 16 de septiembre), la llegada de la campana de la independencia, un
desfile de rurales al galope, un ejercicio militar con bayonetas, el enlazamiento
de un caballo salvaje, el de un toro y el de unos bueyes de labor, unos
indígenas comiendo, una danza folklórica.
(17)
Por varios años se siguieron
haciendo películas -documentales en su mayoría- sobre acontecimientos que
captaron la atención de los noveles cineastas mexicanos que adquirieron equipo
de los Lumiere y de otros proveedores. La entrevista de los presidentes Díaz y Taft
en El Paso Texas, el histórico desfile del centenario y por supuesto la
Revolución Mexicana fueron algunos de estos acontecimientos filmados. El cine mexicano no existía todavía como
industria. No fue sino hasta los años
treinta cuando se inició propiamente ésta con el advenimiento del cine sonoro y
el consecuente rechazo -por razones del idioma- del cine de Hollywood. Los años treinta traerían el primer gran
éxito del cine nacional: Allá en el
rancho grande, película que, con una mezcla de humor, folklore, payadas y
romance lanzó a América Latina y Estados Unidos el nuevo género de la comedia
ranchera.[3]
Después de Allá en el rancho grande se
producirán infinidad de películas con temas y fondo semejante; una provincia
sin graves problemas, llena de fiestas y donde el trabajo, cuando se hace
presente, nunca cansa ni es explotación.
Es un cine poblado por la clase media provinciana donde los
protagonistas gastan dinero en fiestas y parrandas sin que muchas veces sepamos
cómo lo obtienen. El país de las
comedias rancheras es un mundo casi edénico muy parecido a las comedias
pastoriles españolas. Sin embargo, este
género no es el único que trata la provincia mexicana. A partir de los años cuarenta se inaugura un
cine “indigenista”, cuyo principal
realizador es Emilio Fernández, en donde se muestra el sufrimiento y las
injusticias que sufren algunos sectores del país. Sin embargo, más adelante, al analizar una muestra del género
veremos cuáles son los mecanismos para que este “cine de denuncia” no sólo no
resulte peligroso para el estado sino que, por el contrario, sea benéfico para
el proyecto de estado-nación mexicano.
Si bien durante finales de los años
treinta y la década de los cuarenta se hicieron comedias rancheras exaltando
varios estados y regiones del país (i.e. Que
lindo es Michoacán, Hay que rechulo es Puebla, Bajo el cielo de Sonora, La
norteña de mis amores etc.) bien pronto se vio que el cine nacional
proponía la región del Bajío en general y Jalisco en particular como el locus
de proyección del mexicano y la mexicanidad encarnada en el charro. De la comedia ranchera Charles Ramírez Berg
en su Cinema of Solitude apunta que, como
género, es ideológicamente:
conservative, portraying and endorsing the glory of an ideal pre-revolutionary past in which everyone
-mighty hacendado (ranch owner), charro, tenant farmer, servant woman, Indian- had an assigned
social position and was comfortable with it.
At the center of this well-oiled universe is a charro, dressed in an opulently decorated riding costume, symbolic
of his links with the rural aristocracy.
He is a figure, as Américo Paredes has observed, that in the 1940’s
helped to define machismo in the national
consciousness. The macho way of being is the means the charro uses to feed his insatiable male ego. He “glories in his masculinity and he exercises
it not so much to right a wrong but rather to enhance his male self-esteem and
social prerogatives”. (98)
Aunque es verdad que no todas las
comedias rancheras toman lugar antes de la Revolución, Ramírez Berg tiene razón
cuando dice que presentan la gloria del pasado pre-revolucionario. De hecho, la temporalidad de las comedias
rancheras es difícil de precisar; en ocasiones nos sorprendemos al ver algún
coche que sitúa la acción del filme en las décadas de los cuarenta o cincuenta. El que parte del propósito de la comedia ranchera sea aumentar la
autoestima -según señala Ramírez Berg- bien puede deberse al impacto que causó
la publicación, en los años treinta, del El perfil del hombre y su cultura
en México, ensayo de Samuel Ramos que
concluye que el mexicano sufre de un tremendo complejo de inferioridad. Todas las bravuconadas y el énfasis en que
no hay nada mejor que ser mexicano en estos filmes no puede sino tratar de
contrarrestar este complejo.
Ay
Jalisco no te rajes (1941) fue
producida por los hermanos Rodríguez y dirigida por uno de ellos, José
Rodríguez. Este filme es el primero de
una serie donde Jorge Negrete interpreta a Salvador Pérez Gómez “el
ametralladora”. Ay Jalisco es la historia de Salvador (“Chava”) quien siendo niño
perdió a sus padres -asesinados- y fue criado por “Radilla”, su padrino español
dueño de una cantina y “Chaflán”, especie de criado ayudante quien lleva el
peso cómico en el filme. Al crecer
Chava se embarca en la búsqueda de los asesinos. Será “Malasuerte”, uno de los que ayudaron a dar muerte a los
padres de Chava -aunque se aclara que él no disparó sino que sólo se hizo cargo
de la vigilancia- quien se va a encargar de señalarle primero a los asesinos
materiales y finalmente al cerebro detrás del crimen.
Chava, su ayudante Chaflán y
Malasuerte van de feria en feria en busca de los pistoleros. El marco de las ferias sirve para mostrar
derroches de folklore y nacionalismo en las canciones y los trajes
típicos. El aspecto musical es de gran
importancia en la comedia ranchera pues no era raro que de una canción exitosa
se derivase una película. La
importancia de incluir las melodías en
el filme se ve en el hecho de que cintas totalmente realistas en otros aspectos
rayan el género de lo fantástico cuando, en escenas que se repiten una y otra
vez, vemos al charro en su caballo atravesar el llano, cantando acompañado por
un mariachi completo que oímos, pero que por supuesto no vemos. Más adelante, al analizar otras películas,
volveremos al interesante tema de la música, de las canciones y los mensajes
que claramente mandan.[4]
Hemos dicho que las comedias
rancheras ayudaban a fortalecer el estado-nación, después de ver varias, las
fórmulas van haciéndose más evidentes.
En Ay Jalisco no te rajes esto se hace evidente pronto. Después de los créditos estelares, siguiendo
inmediatamente el de productor, aparece una advertencia que nos dice que la
“película está inspirada en hechos que pudieron ocurrir” en una época cercana
todavía a la Revolución Mexicana en “que como era natural el desbordamiento de
las pasiones hacían nugatorio el ejercicio de la ley”. Esta advertencia sirve para “curarse en
salud” por presentar un protagonista que toma la ley en sus manos
convirtiéndose en criminal -con todo y pasquines ofreciendo mil pesos por su
captura. Pero Chava sólo se aleja del camino de la ley temporalmente. Cuando al final del filme, después de matar
a los sicarios Chava enfrenta al cerebro del crimen -el “falso” General Carvajal, contra toda lógica, en lugar de matarlo como a los otros, o peor
aún por ser el autor intelectual, lo entrega a las autoridades volviendo así al
camino de la ley.
Sin embargo, la comedia ranchera no
es el único género que representa la provincia mexicana. El melodrama indígena, con su máximo representante Emilio “Indio” Fernández, presenta un campo
lleno de injusticias y pobreza que en apariencia contrasta al presentado por
las comedias rancheras. Con todo, como
veremos en el análisis de la siguiente película, esto que parece presentar una
crítica social sirve también para apoyar el establecimiento de un estado-nación. En seguida veremos cómo se logra esto.
Río Escondido
(1947), Producida por Raúl de Anda, fue dirigida por Emilio Fernández y
protagonizada por María Félix. El
filme trata de Rosaura, una maestra rural que va a Río Escondido, población
remota del norte de México, a ejercer su magisterio. El pueblo está en manos de un cacique -Don Regino Sandoval- que
se opone a que Rosaura eduque a los “indios”.
El cacique sólo accede después de enfermar gravemente de viruela cuando el
doctor -amigo de Rosaura- le exige que
permita abrir la escuela como condición para curarlo.
La
exaltación nacionalista se muestra desde el inicio mismo de la cinta que
comienza con una toma de la bandera mexicana enmarcada por una voz de mujer que
repite cantando “¡México, México!” La
película es una alegoría de la creación del estado-nación en la que el poder
central debe convertirse en poder federal de facto. Por una parte está Rosaura quien funciona en la película como un
brazo del gobierno federal. Al inicio
el Presidente de México -a quien nunca vemos- la comisiona como maestra rural
en Río Escondido. Por otra parte
tenemos a Don Regino, el poder local
que no ha querido darse por enterado que hay una fuerza que emana desde el
centro del país para la cual él es un estorbo.
Lo anterior se ilustra rápidamente cuando a los escasos doce
minutos de comenzada la película, Don Regino, que está estrenando un caballo,
le dice a su subalterno “el Renco” que posiblemente lo procesarán en la capital
por haber matado al anterior dueño del animal “por no haber querido regalárselo a don Regino.” La respuesta del
“Renco” no deja dudas: “¿A mí? pa mí no hay más ley que la de mi jefe.” Y se evidencia aún más cuando Rosaura le
dice a don Regino -que además es el presidente municipal- que la manda el
Presidente de la República. “Aquí no
hay más presidente que yo” le contesta don Regino. Es precisamente ésta la razón por la cual el gobierno central
debe eliminar al cacique; en un proyecto de crear patria el poder debe ser
conferido desde el centro. El cacique
debe morir pues no obedece otra ley que la suya.
La iglesia, el otro gran poder
cohesionador, está también presente en la cinta. Aquí, los dos antiguos enemigos (gobierno federal e iglesia) van
a unir sus fuerzas para enfrentar al cacique.
En los años cuarenta -cuando fue filmada Río Escondido- todavía están muy recientes las guerras Cristeras
que enfrentaron al gobierno federal y al clero. Si bien la primera guerra Cristera había terminado formalmente en
1929, a finales de los años treinta todavía hay soldados de Cristo al mando de
Florencio Estrada en la sierra de Durango.
Rosaura, el brazo del gobierno federal, va a utilizar a la iglesia
personificada en el señor cura - de quien nunca sabemos el nombre- para que
reúna en la plaza a los habitantes del pueblo.
Los hombres de don Regino habían tratado inútilmente por medio de la
fuerza de reunirlos para ser vacunados por el doctor -enviado también por el
señor presidente a un pueblo vecino- quien a cambio de salvar de la viruela a
don Regino, le exigió poder vacunar a toda la población y abrir la escuela.
Por otra parte, las lecciones que
como maestra da Rosaura son por demás interesantes. Una de las primeras lecciones que imparte a los indígenas es
sobre Benito Juárez. En ésta les exalta
los valores del “Benemérito de las Américas” calificándolo de “ejemplo de fe y
patriotismo” y enfatizando que fue un “indio como ellos” que se enfrentó a los
malos mexicanos. La maestra les dice a
los niños que hay que pelear contra los malos mexicanos y tratar de que se
conviertan en buenos mexicanos. Cuando
un niño pregunta qué se hace si no se quieren convertir en buenos mexicanos,
otro responde que se les mata “y así se acaba la rabia” a lo que Rosaura dice
que esa es una solución un poco bárbara “pero a veces se hace necesaria”. Todo esto se lleva acabo mientras el cacique
está a la puerta de la escuela escuchando.
El hecho de que Rosaura, maestra
rural, sea presentada como una auténtica heroína es bien importante. La educación va a ser uno de los principales
factores de cohesión en el México posrevolucionario. De hecho, casi inmediatamente al final de la fase armada de la
Revolución, Alvaro Obregón designa a José Vasconcelos Ministro de
Educación. Este comienza inmediatamente
una ambiciosa campaña de alfabetización.
Se trata -como dice Heuer- de acercar espiritualmente a todos los grupos
del país, es decir, homogeneizar a los mexicanos dándoles una educación
federalizada o lo que es lo mismo, una misma Historia, con los mismos héroes,
el mismo pasado y una misma patria por la cual sacrificarse.
Es obvio que don Regino nos es
presentado como el mal mexicano aun en pequeños detalles. De hecho es tan mal mexicano que no le gusta
lo mexicano. En una escena, mientras
escucha música en un gramófono, comenta que lo que escucha no es esa “música
mexicana corriente”. Por otra parte
están los buenos mexicanos como Rosaura y los futuros buenos mexicanos como los
que ella está educando en la escuela.
Pronto se ve que un ingrediente para pertenecer al club de los buenos
mexicanos es el sacrificio por la patria.
Al final de la cinta Rosaura muere de un mal cardiaco[5]
-no sin antes haber dado muerte a don
Regino. Así mismo, los pequeños alumnos
deben aprender a sacrificarse. Al
enterrar a un niño que murió por tratar de robar agua del pozo del cacique para
darla a la comunidad, Rosaura le dice a la hermanita de éste: “Muy chica te
tocó sufrir con penas muy grandes. Pero
yo te prometo que tu esfuerzo no será en vano.
Esa santa sangre derramada como la de tantos otros mártires pertenece ya
a México. Y un día sabrás que fue derramada
para fertilizar su destino.” También
Rosaura morirá por la patria como reza la placa con la que termina la película:
“A Rosaura Salazar maestra murió por la patria. Reposa aquí en su escuela por deseo expreso del pueblo de Río
Escondido”.
La estrategia para los filmes que
representan la vida urbana es un poco diferente. Es un mundo donde la pobreza se sublima; donde ser pobre es lo
mejor que le puede pasar a alguien “porque los ricos no tienen los valores que
los pobres tienen”. A continuación
vamos a analizar dos películas urbanas: Campeón
sin corona (1945) de Alejandro
Galindo y estelarizada por David Silva y Nosotros
los pobres , sin duda una de las películas mexicanas más populares y
representativas de la época de oro. Nosotros los pobres fue dirigida por Ismael Rodríguez y tuvo a Pedro Infante y a Blanca Estela
Pavón como protagonistas. Este filme empieza también con una advertencia:
En
esta historia, ustedes encontrarán frases crudas, expresiones descarnadas, y
situaciones audaces... Pero me acojo al
amplio criterio de ustedes, pues mi intención ha sido presentar una fiel
estampa de estos personajes de nuestros barrios pobres - existentes en toda gran urbe- en donde, al lado de los siete pecados capitales, florecen todas
las virtudes y noblezas y el más grande de los heroísmos: ¡el de la pobreza! Habitantes del arrabal...
en constante lucha contra su destino, que hacen del retruécano, el apodo y la
frase oportuna, la sal que muchas veces falta a su mesa.
Una
advertencia similar a la primera parte de ésta se lee en muchas películas
urbanas producidas en México. Por
regla, siempre que presenta un barrio pobre se justifica diciendo que los hay
en todos los países.[6] Sin embargo, no resulta exagerado para el
proyecto mexicano de estado-nación el nombrar héroes a los pobres. Siendo así, la mayoría del pueblo mexicano
es un héroe en potencia dispuesto como en Río
Escondido a morir por la patria o al menos a trabajar por un salario bajo
en aras del progreso del país.
En
Nosotros los pobres, cinta que narra los sufrimientos de Pepe el Toro, el carpintero
del barrio, continúa el mensaje de resignación en la pobreza con la canción que
abre la película, “Ni hablar mujer” que entre otras cosas dice lo siguiente:
Que bonito es
el jabón,
que bonita
vecindad.
Que rechulo es
mi papá,
ni hablar
mujer.
Nací pelado,
¡si señor!
pero me gusta
que caray
y !vamos ahí!
No le saque
valedor.
Si le saca sale peor,
ni hablar
mujer.
Si se tiene que
chambear
y sacar para
comer.
No hay que
hacerse del rogar,
ni hablar
mujer.
Resulta obvio
el adoctrinamiento: gusto por ser pobre y sobre todo no rehuir (sacarle) al trabajo ni a los
sufrimientos. En una escena en que la
“hija” del protagonista se lamenta de la muerte de -la que cree- su madre es
consolada por el Camellito, otro miembro solidario del arrabal. No hay que protestar por los designios de
Dios, le dice, “si el buen Dios se la quiso llevar a los santos cielos sólo él
sabe por qué lo hizo y no hay que alebrestarse”... y agrega al verla llorar,
“llore si quiere pero no tire lágrimas de desesperación ni de locura, llore
porque éste es un valle de lágrimas (...) y diosito dice bienaventurados los
que lloran por que ellos serán consolados”.
De nuevo resulta claro el mensaje, lo ideal es aceptar los sufrimientos,
incluso se puede llorar, pero lo que sí es peligroso es la “desesperación” y la
“locura” que pueden orillar al pobre a dejar su postura dócil y resignada y “alebrestarse”
convirtiéndose así en un miembro “nocivo” para la sociedad.
Nosotros
los pobres es un sufrimiento
colectivo, un nosotros que se opone a un ustedes los ricos (título de una
película posterior de la serie de Pepe el Toro) en donde los de las clases
altas salen perdiendo por no tener el “corazón” ni la solidaridad de los
miembros del arrabal. Solidaridad ésta
en los buenos y malos tiempos; en los buenos como la escena en que todos en la
vecindad se reúnen y cooperan para que Chachita -la hija de Pepe el Toro- tenga
una fiesta de cumpleaños. En las malas,
como cuando Pepe el toro es injustamente sentenciado a prisión y los del barrio
-también presos- rehúsan salir de la cárcel para no dejarlo solo. Sin embargo, Nosotros los pobres es una gran
cadena de sufrimientos y forzosamente llega el momento en que los protagonistas
se rebelan ante “su suerte”. Y es
precisamente a ésta, la suerte, que se culpa, nunca al sistema. Si acaso, es de individuos de los que emana
la maldad. Por consecuencia, se deduce que al desaparecer estos malos individuos el
estado natural volverá a ser uno de concordia y felicidad.
Campeón
sin corona nos muestra también la
vida en el arrabal. La película es la
historia de Roberto “Kid” Terranova (David Silva) boxeador de barriada quien, a
pesar de tener aptitudes, no tiene la vocación para llegar a ser campeón. La historia -circular- comienza con la madre
de Kid Terranova diciéndole a su hijo que el boxeo no le dejará nada bueno y
que mejor debería seguir con su oficio de heladero porque “el dinero que no se
gana con el sudor de la frente no trae ningún bien”. Campeón sin corona es la
historia del fracaso de alguien que desoyendo el consejo de Nosotros los pobres no se resigna a ser
pobre -¿acaso va a ser uno siempre un méndigo? dice Roberto al inicio del
filme- y que fracasa siendo rico por no tener preparación para serlo. Cuando empieza a ganar dinero en el boxeo
profesional Terranova olvida a su novia y amigos del barrio para tener una
aventura con una dama de la alta sociedad.
Es precisamente aquí, cuando ya tiene dinero, que se da cuenta que no es igual a los ricos. Al mismo tiempo, los suyos también lo sienten diferente; “cada día desconozco más
a mi hijo” -dice la madre.
Kid Terranova va a ser castigado por
tratar de subir a un estrato socio-económico diferente al suyo, por haber
dejado su “destino” de heladero. La
amante rica se avergüenza de Roberto y nunca se deja ver junto a él en lugares
públicos. Además, pronto se aburre del
boxeador y le inventa excusas para no verlo.
Desesperado, Roberto se mete a la fuerza a la casa de ella en el
transcurso de una fiesta tan sólo para agarrarse a golpes con unos invitados e
ir a parar a la cárcel. Poco después de
salir deja el boxeo y se sume en una
terrible depresión.
Casi al final de la película vemos
una serie de secuencias que muestran el camino de alcoholismo que ha seguido
Terranova. Vestido como pordiosero vaga
por su antiguo barrio. Lo encuentran su
ex-novia y su madre quienes le dicen que su anterior patrón, el dueño de la
heladería, le está guardando aún su puesto pues “no hay ni ha habido nadie como
él para batir la nieve de membrillo”.
El círculo se cierra y Roberto regresa a su punto de partida, su antiguo
oficio de nevero del que -según el mensaje del filme- nunca debió haber dejado.
Ay
Jalisco no te rajes, Rió Escondido,
Nosotros los pobres y Campeón sin
corona son sólo cuatro muestras del cine mexicano de la llamada época de
oro. Estas y otras producciones de los
años cuarenta y cincuenta presentaron y continúan presentando “lo mexicano” y a
“los mexicanos” primero en las salas de cine y después en las pantallas de los
televisores.
Es indudable que parte de la función
de estos y otros filmes de la época de oro es adoctrinar y tratar de crear una
conciencia nacional en un país tan diverso étnicamente y tan disperso
geográficamente como México. Los
directores lo tienen muy claro. Están
concientes del poder del cine en la formación de una identidad común para los
mexicanos, de su fuerza para forjar patria.
En su libro Una radiografía histórica del mexicano Alejandro
Galindo aborda el tema: “[N]ada como el cine para hacer de la población de
México un pueblo con características nacionales y culturales unitarias. Esto es: hacer del cine un instrumento de
creación y participación de valores en común que es, en último término, lo que
integra o constituye una nación.” (15)
Por su parte Ismael Rodríguez está
también conciente del mensaje conformista lanzado en su Nosotros los pobres. En The
Mexican Cinema: Interviews with 13 directors de Beatriz Reyes Nevares, al hablar Rodríguez de una nueva
versión del filme para los años setenta apunta: “There was a
considerable retouching of the story’s idea because it was conformist in
1947. By this I mean that the poor
looked upon their condition as very honorable and they were content with it in
spite of the troubles they underwent.
It was very difficult to become rich and they didn’t even attempt it.”
(48)
Sabemos también que el cine es sólo
otro aspecto de un esfuerzo de creación de identidad nacional que se da en
varios frentes; la narrativa, las artes plásticas, la música y la ensayística
entre otros. Fijar la efectividad de
este esfuerzo nacionalista es más difícil.
Nuevas teorías dan ahora más agencia a los grupos subalternos. Para decirlo en palabras de Andy willis: “Popular film could no longer be seen as an ideological form which was
simply imposed upon subordinate groups.” (180). ¿Hemos ido tal ves de un extremo al
otro, de dar poca o nula agencia al subalterno a proveerlo de ésta en
demasía? Quizá, como en muchos casos,
la respuesta se encuentre en un punto intermedio. ¿Funcionó entonces esta “homogeneización” del mexicano? Creemos que sí, en cierta medida, aunque
empezó a desmoronarse seriamente a partir de los sesenta y la revuelta
estudiantil. Y hoy día al iniciar el
siglo XXI la situación de los indígenas
en Chiapas y otras partes del país no hace sino probar que hay grandes sectores
que nunca fueron parte del proyecto nacional.
1
Resulta además interesante que todas estas manifestaciones artísticas han sido
en México predominantemente realistas.
Si bien es cierto que en los años treinta y cuarenta se hacen algunos
filmes fantásticos (ie El fantasma del
convento, La llorona) la gran mayoría de las películas están dentro de la
tradición realista. Al respecto Mark Jancovich
en su Approaches to Popular film apunta algo muy interesante aludiendo a la
teoría realista de Colin McCabe:
For McCabe, the classic realist text works to produce
the illusion of realism, an illusion which has certain
ideological implications. The classic
realist text denies contradiction within the social world; it may present many
different points of view, and even needs to include conflicts between them, but ultimately it works
to repress or disqualify these difference by providing a privileged point of view. (128)
2 Resulta curioso -además de que apoya lo que
decimos- el hecho de que el prólogo al libro de Heuer lo haya escrito Mauricio
Magdaleno, miembro de la primera
generación de escritores de la Revolución.
3 Aunque ya antes se habían producido películas
(i.e. En la hacienda 1920, El Caporal 1921 etc...) que contienen
elementos que hoy asociamos con la comedia ranchera, la mayoría de la crítica
está de acuerdo en dar Allá en el rancho
grande como la primera comedia ranchera.
4 Sólo basta escuchar algunas estrofas de la
música de algunas películas de la época de oro para advertir el mismo mensaje
de ennoblecimiento de la pobreza. En Quinto patio por ejemplo, la canción
tema reza “el dinero no es la vida es tan sólo vanidad."
5 El que Rosaura haya aceptado la plaza en la
provincia a pesar de saberse afectada del corazón es una muestra más de su
espíritu de sacrificio.
6 Inclusive en filmes críticos al sistema, como es
el caso de Los Olvidados se presenta una advertencia similar.
Obras citadas:
Ayala Blanco, Jorge. La aventura del cine mexicano. 1931- 1967. México:
Posada, 1985.
Galindo, Alejandro. Una radiografía
histórica del cine mexicano. México: Fondo de Cultura Popular, 1968.
García Riera, Emilio. Historia del cine mexicano. México: SEP, 1986.
Heuer, Federico. La industria cinematográfica mexicana. México:
Edición del autor, 1964.
Jancovich, Mark.
“Screen
Theory”. In Aproaches to Popular
Film. Manchester: Manchester University Press, 1995.
Ramirez Berg, Charles. Cinema of Solitude: A Critical Study of Mexican Film, 1967- 1983. Austin: University of Texas Press, 1992.
Reyes Nevares, Beatriz. The Mexican Cinema:
Interviews with 13 directors
. Albuquerque:
University of New Mexico, 1974.
Willis, Andy. “Cultural Studies and Popular film”. In Aproaches to Popular Film. Manchester: Manchester University Press, 1995.